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Denise Maerker
Denise Maerker
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14 Septiembre 2011 04:04:01
La (poca) importancia de llamarse Cordero
¿Se puede hoy en día construir un candidato ganador a la Presidencia de la República a partir de un desconocido miembro del gabinete? La pregunta es válida frente a la magnitud de la apuesta que parecen estar haciendo el presidente Felipe Calderón y su equipo.

La respuesta de ellos es claramente que sí, que en una democracia como la nuestra, un equipo, el del Presidente, puede lanzar a la conquista de la Presidencia a uno de los suyos sin importar que no se haya significado por algo en especial a lo largo de los últimos años. Porque no nos hagamos, es Cordero porque no fue Mouriño, pero igual hubiera podido ser Lujambio. Para la opinión pública no habría habido diferencia, ninguno construyó un vínculo propio con la ciudadanía ni se destacó en un momento de crisis o despuntó por su arrolladora simpatía y personalidad. Sólo el Presidente sabe por qué él y no otro.

Es lo que hizo el PRI muchas veces en el pasado. ¿Cuántos mexicanos sabían quién era Miguel de la Madrid cuando lo destapó López Portillo? Y el otro Ernesto, Zedillo, cuál habría sido su popularidad o nivel de conocimiento antes de convertirse en el candidato de relevo luego del asesinato de Colosio? (Dos Ernestos al relevo, por cierto) Y si vamos más atrás descubrimos que el hombre más gris del entorno de Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, llegó a la Presidencia de México. La diferencia es que entonces no había competencia. Y por eso los candidatos priístas –incluso cuando literalmente nadie se les oponía como a López Portillo– hacían intensas y exhaustivas campañas a lo largo y ancho del país: no para pedir el voto sino para darse a conocer como aquel que se había decidido sería el nuevo Presidente.

En unos meses y con toda la fuerza y el dinero del Estado, el desconocido se convertía en el inevitable y deseado líder que el país reclamaba. La operación era muy costosa y las voces discordantes o críticas no tenían foro para expresarse. Así llegaron a la Presidencia personajes que por su falta absoluta de carisma difícilmente imaginamos ganando una contienda electoral.

El asunto es que las cosas ya no son así y que sin embargo, el Presidente y su equipo piensan que sí se puede ganar con esa vieja fórmula: no importa el candidato, lo crucial es qué tan bien lo envuelves y qué tan bien lo presentas y lo vendes.

Y lo están haciendo bien. En estos primeros días de presentación del candidato en sociedad se ve un gran trabajo detrás de Cordero. El discurso es claro: él representa con orgullo la continuidad de lo hecho hasta ahora por Calderón; el eslogan se nutre del imaginario histórico del PAN: él va a luchar con “valor, determinación y coraje”; y el adversario o cuasi enemigo es: la inmoralidad, el autoritarismo y la irresponsabilidad del “nuevo” PRI.

Hay muchos obstáculos pero citemos sólo los más obvios: no sólo ahora sí hay oposición sino que ésta tiene una fuerza abrumadora. López Obrador y Peña Nieto, por buenas o malas razones, tienen vínculos muy fuertes con el electorado. Y Cordero a diferencia de Calderón no se va a beneficiar de un voto del miedo a su favor porque el puntero no preocupa a las élites.

Falta mucho tiempo pero de cómo se desarrolle esta apuesta del Presidente aprenderemos todos mucho de nuestra democracia: ¿qué se necesita para ganar? ¿Cualquiera puede convertirse en un candidato que dé la pelea? ¿Qué es lo que de verdad importa: el personaje, sus apoyos, una buena lectura de las circunstancias?
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