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Columnista Invitado
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30 Septiembre 2018 04:00:00
La puerta que se abrió
Por Gerardo Blanco

Las calles de la ciudad están atiborradas de soldados. Los signos de rebelión son sometidos, callados, sofocados. Puede ser a patas o, de ser necesario, con culatazos en la sien. Los de cabello largo son trasquilados. Cuba, Rusia y China representan, a juicio del Presidente, el comunismo que quiere asediar el país. Simbolizan la intervención extranjera. Todo lo que parezca la reencarnación del “Che”, hay que aniquilarlo de tajo.

Es la despejada mañana del 30 de julio. El bazucazo truena la puerta colonial de la Preparatoria numero uno. La puerta de madera labrada, joya del siglo XVIII. Los estudiantes, atrincherados tras ella, vuelan con el sonido del estruendo. Corre la sangre. Hay cuerpos tirados; unos están heridos, otros muertos. El Ejército detiene y encarcela a los que considera unos revoltosos. “Son presos políticos”, dicen los líderes del Consejo Nacional de Huelga.

El movimiento juvenil se resiste con dignidad. La marcha es en silencio, pero retumba en los tímpanos de toda la sociedad. Nadie usa la voz y la afonía provoca un ruido que se escucha por todas las avenidas y rincones, que se traslada por el viento y por las nubes para hacer estremecer el país entero. Penetra por las fisuras de Palacio Nacional y aturde los oídos del Presidente Díaz Ordaz. “El Mandril”, como le apodan los estudiantes. “Le decimos así por su aspecto físico”, se burlan algunos. “No, no es por eso, es por su retrógrada y primitiva forma de pensar”, acotan otros.

El cielo del 2 de octubre de 1968 contempla el vuelo de los helicópteros sobre la plaza de Las Tres Culturas. Están listos los tres anillos de seguridad perfectamente planeados por Echeverría y García Barragán. Primero el Ejército, después el Batallón Olimpia y por último el Estado Mayor Presidencial. Los francotiradores están pecho tierra en los techos de los edificios. Los policías del Batallón, vestidos de civil, luciendo un guante blanco en la mano izquierda para no ser confundidos con los estudiantes, están en posición. Las bengalas son la orden para disparar a los desarmados estudiantes. Bueno, no traen armas bélicas, pero sí políticas e ideológicas; sí creencias, ideales y convicciones. Esas armas que representan la mayor amenaza para los gobiernos autoritarios. Gobiernos autoritarios como el de Díaz Ordaz, como el del partido de Estado, como el de México. Se escuchan los disparos y empieza la masacre. Decenas de cuerpos caen uno tras otro. Los sobrevivientes corren para refugiarse en los departamentos del edificio Chihuahua. Pero no es un refugio, es una trampa. El Ejercito captura masivamente a los estudiantes y los traslada al Colegio Militar número uno; los aísla en celdas militares para golpearlos, torturarlos, humillarlos.

Empiezan los desabridos Juegos Olímpicos y los líderes estudiantiles son encarcelados en la prisión de Lecumberri. Los muros son fríos y los barrotes impenetrables. Las bolsas en la cabeza suspenden la respiración. Los toques en los genitales son insoportables, pero insuficientes para inculpar a los compañeros del Movimiento. La prisión no calla las voces, por el contrario, es testigo de cómo nacen las letras de Los Días y los Años, de González de Alba; escucha la sigilosa voz con la que Elena Poniatowska hace las entrevistas que le darán vida a los testimonios de La Noche de Tlatelolco, y, además, contempla las madrugadas en que José Revueltas escribe sus mejores versos.

El Movimiento sólo busca la libertad, que la sociedad ejerza genuinamente sus derechos civiles, sociales y políticos. En pocas palabras, desea erradicar el régimen autoritario. Los estudiantes quieren ser escuchados por un Gobierno sordo e intolerante. Esa intolerancia que se traduce en el primer signo de desmoronamiento del nacionalismo revolucionario encarnado en el partido hegemónico. El Gobierno representa, sin más, la intransigencia, la represión y el anhelo de una sociedad con opinión uniforme y sumisa.

Cincuenta años después, volviendo la mirada hacía atrás, la barbarie sigue siendo imborrable, pero a la vez, se entrevé una luz fuerte y deslumbrante que simboliza, entre otras cosas, el Movimiento Estudiantil que, por primera vez, abrió la puerta para emprender un lucha social que, con el paso de las décadas, consiguiera un régimen más democrático, plural y accesible.
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