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Arturo Guerra LC
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21 Febrero 2016 04:00:56
La quinta estación
De los muros interiores de muchas iglesias, cuelgan las 14 estaciones del Viacrucis. Durante siglos, numerosos cristianos se han asomado a través de ellas al misterio del Dios hecho hombre que tomó su cruz y caminó al Calvario a morir por nuestra salvación.

En la quinta estación, los soldados romanos, al constatar que Jesús lleva la cruz muy a duras penas y que el camino es todavía largo, obligan a un caminante despistado a cargar la cruz con Jesús: un cierto Simón que venía de Cirene.

Es interesante ver con detenimiento cómo algunos artistas han plasmado ese momento. Los estilos son muy variados…

En una de esas quintas estaciones Simón llevaba la cruz de una manera muy peculiar. Y es que analizando por encima las posiciones y los ángulos, te dabas cuenta de que le estaba siendo a Jesús muy incómodo y poco práctico el llevar la cruz. El punto de apoyo que había escogido era tan malo, que alguno ya podía gritarle “mucho ayuda el que no estorba”.

En otro Viacrucis, Simón te miraba y aunque tenía su mano sobre la cruz, se veía clarísimo que todo el peso recaía sobre Jesús. Casi daba la impresión de que Simón tocaba simbólicamente la cruz mientras posaba para la foto…

Y en otra quinta estación, veías a Jesús llevando muy decidido su cruz; y el bueno de Simón, agarrado a la cruz, de espaldas a la espalda de Jesús, parecía caminar en la dirección contraria…

Ciertamente estos detalles técnicos no desautorizan a los artistas que con grande fe y talento han plastificado la pasión de su Dios, porque no es intención esencial en un artista reflejar a rajatabla las leyes físico-matemáticas de los puntos de apoyo. Y tampoco hay que rebajarle nada al mérito indiscutible del auténtico Simón de Cirene, a quien el Señor distinguió con la singular gracia de compartir el peso de su cruz de madera.

Pero de lo que sí nos pudieran hablar estos detalles es de nuestra poca eficacia y mucha inutilidad a la hora de ayudar al Señor. Puede ser cierto que con muy buena voluntad queramos ayudarle. Pero con lo frágiles que somos, lo vulnerables que somos, lo misteriosos que somos, lo egoístas que somos, lo volubles que somos, lo soberbios que somos… la ayuda que le damos, aunque pueda ir mejorando con el correr del tiempo, medida objetivamente a la luz de su omnipotencia, es realmente poca cosa.

Y es que con Jesús a veces somos como aquel niño de 4 años en las compras de mamá en el supermercado. El niño dirá que fue de compras con mamá, cuando lo único que hizo fue llevar abrazada una bolsa gigante de papas fritas. Y como la bolsa medía lo que él, el aprendiz de comprador la fue arrastrando por todo el camino, de manera que al llegar a casa se dan cuenta todos de que aquella bolsa de papas ultraligeras ha llegado muy magullada, raspada y con cuantiosas pérdidas…

Sí, hay una desproporción enorme entre la parte que hace Cristo y la que nos toca a nosotros. Y es que por mucho que hagamos, por mucho amor que pongamos, no podemos corresponder a su altura. Por muchos sacrificios que hagamos no igualaremos el suyo. Aunque nos esforcemos mucho, nunca podremos decir que Cristo nos debe algo.

El que se anonadó a sí mismo, fue el Señor. El que sin haber cometido pecado alguno se hizo pecado para redimirnos, fue el Señor. El que tomó sobre sí nuestros delitos y dolencias fue Jesús. El que sudó sangre, fue flagelado y coronado de espinas fue el Señor. El que se dejó clavar en la cruz, y expiró a las 3 de la tarde, fue Jesús. El que salva al mundo, es Él.

Él en cuanto Dios no nos necesita para ser más Dios, pero lo más interesante de todo es que ha querido libremente necesitarnos. Para Él, nuestra pequeña ayuda es importantísima. Nos invita un pedacito de su cruz y a prestarle nuestras pequeñas fuerzas. Por eso sonríe y llora con nosotros. Por eso nos ve con tanta ilusión cuando luchamos, cuando nos levantamos, cuando trabajamos… Por eso nuestro amor afecta profundamente su corazón santísimo. O por eso también nuestro desamor afecta y hiere profundamente su corazón santísimo.

El Señor no se va a deslumbrar por el volumen objetivo de nuestros resultados, sino por la ilusión y tesón de nuestro corazón en servirle, consolarle, imitarle, compartirle. Esto no debe servirnos de pretexto para hacer lo que hacemos de cualquier manera, pues si actuáramos así, no le amaríamos de verdad. Si le amamos, lucharemos por ayudarle lo más posible con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras pequeñas fuerzas, con toda nuestra inutilidad. Y sólo entonces es cuando el Señor une nuestra inutilidad día tras día al increíble poder de su sangre redentora derramada en rescate de muchos.
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