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Dalia Reyes
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16 Mayo 2018 04:00:00
La rajita de canela
Una rajita de canela, decía la receta. La sola mención del ingrediente desataba un torbellino mental en la cocinera, quien debía atar los demonios de la añoranza y la melancolía para no escanciar el platillo con lágrimas no previstas.

A diferencia de la sal, que aparece en cuarenta versículos bíblicos, la canela solo protagoniza cuatro. Aquella es el condimento de la vida común, pero esta se reserva para la opulencia y el detalle; una la blanca necesidad, la otra, un oscuro deseo.

Traída de Sri Lanka, los mexicanos nos la apropiamos y hemos regresado al mundo medio centenar de platillos en donde su presencia distingue entre la perfección y el desamparo. Además, ha crecido con nuestra historia: Va de la mano con las abuelas y las madres; las hijas tal vez ni siquiera la conozcan: Hace tiempo la canela dejó de serlo.

Algunos dicen que nos dan acacia por canela, otros aseguran estar tomando raíces secas e indeterminadas, pero lograr el aroma arrojado por el hervor de una varita parece encontrarse, en estos días, solo en el mercado negro de la comida evocadora.

El ingenio humano, confrontado consigo mismo, ha desarrollado tantas formas de falsearla como de encontrarle la falacia: China siembra la canela falaz, el mercado desea acostumbrarnos a tomar un producto picante, se han desarrollado plantas a las cuales se les adicionan químicos para disfrazar la pieza. Como sea, es inviable viajar con el cargamento para descubrir su origen, eliminar el picor o tener un laboratorio en casa.

Tal vez, solo tal vez, así como los narcóticos adulterados llevan a una visión distorsionada y tensión muscular, probablemente la canela falsa nos arroje al delirium tremens de no poder distinguir a la abuela de Satán en el recuerdo liberado por sus aromas.

Extraño la canela.


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