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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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11 Febrero 2018 04:00:00
La rana que quería conocer el amor
Érase una vez en un pantano ya olvidado una rana precoz que vivía en una charca. Un día se reunieron ranas de diferentes charcas a orillas del pantano para dialogar acerca de sus convicciones y experiencias sobre el amor.

La Rana Precoz traía en el alma el viento de la inquietud y en el corazón el fuego de la pregunta. Las demás ranas no podían satisfacer su curiosidad porque cada una se aferraba a la ideología de su propia charca. Croaron todo el día y toda la noche en el intento de descubrir, a través del diálogo, lo que era el amor. Aunque sus horizontes se ensancharon hasta el punto de admitir la existencia de distintas ideologías en cada charca, las ranas, roncas de tanto croar, siguieron divididas hablando en términos de tuyo y mío: tu experiencia, tu convicción, tu ideología... y la mía.

Una de las ranas tenía fama de tolerante. Al expresar sus puntos de vista croaba en una forma tranquila, muy cuidada. Pero la Rana Precoz, que además tenía mucho de clarividente, pudo advertir que la Rana Tolerante estaba realmente convencida de tener toda la razón, por lo que aseguraba que quienes no pensaran como ella estaban equivocadas. La Rana Precoz se dio cuenta que su amiga en realidad no era tolerante, sino condescendiente, y el ser así no lleva a la unión de los corazones sino a la división: la Rana Tolerante, con dulce croar, se colocaba arriba, poniendo a las demás abajo. Una posición que le daba una postura de superioridad a ella y de inferioridad a las otras, originando una mayor intolerancia.

La Rana Envidiosa estaba molesta porque ella no tenía nada qué aportar a la discusión: no había experimentado el amor; nunca jamás había amado. Sin embargo, la Rana Decepcionada había amado de más sin ser correspondida, y se negaba a comentar sobre el dolor de su roto corazón. Fuera del pantano se encontraba la Rana Indiferente: No le interesaba el tema de discusión.

La Rana Precoz supo entonces que la verdadera tolerancia ocurriría únicamente si todas ellas fueran lo suficientemente humildes para reconocer que en realidad ignoraban lo que era el amor. Aunque todas trataban de expresarlo –cada quien de acuerdo a la ideología de su propia charca– ella intuía que el amor es esencialmente misterio y no puede entenderse con la mente, sino más bien sentirse con el corazón.

Cuando la luna amarillenta y ojerosa se iba a pique en el horizonte y el alba rompía en el oriente con su dispersión de luces rosadas, las ranas dejaron de croar y regresaron a sus respectivas charcas sin llegar a ningún acuerdo sobre la verdad del amor.

El viento de la inquietud en el alma de la Rana Precoz y el fuego de la pregunta en su corazón no le permitieron conciliar el sueño, y decidió buscar con sus propios ojos la respuesta. Recordó lo que su madre le había dicho: “La lámpara de tu cuerpo es tu ojo; si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero, si está enfermo, tu cuerpo estará a oscuras, y nunca podrás conocer la verdad.” La Rana Precoz sintió horror al darse cuenta de las muchas capas que oscurecían su mirada. Para sanar sus ojos tuvo qué sufrir: era doloroso despojarse de los prejuicios y de los egoísmos que suelen acumularse los cuales lentamente nublan la percepción.

Momentos después, con mirada diáfana, bajo los racimos esplendorosos de las nubes de ese amanecer decidió salir de su charca en pos del amor. Al dejar el pantano llegó al portal de una casa en la cual una nana mecía dulcemente en sus brazos a un niño. ¿Será esto el amor?

Sus ojos parecían querer abarcarlo todo sin perder detalle. La mujer era muy anciana y excesivamente fea, pero al niño parecía no importarle: Era demasiado joven para haber adquirido los prejuicios de sus mayores. Sus ojos eran aún sanos. No condicionaban el amor: ‘Bonita-joven-mamá’, ‘fea-vieja-nana’, sino que, acariciando con su diminuta mano la mejilla surcada de arrugas de la anciana, respondía no al nombre, la apariencia, la raza o la ideología de la nana –para el niño todo eso era absolutamente irrelevante– sino a la verdad del amor.

Entonces la Rana Precoz confirmó que el amor es una fuerza misteriosa que fluye libremente rompiendo los límites de las respectivas charcas, y une a todos los seres en el océano de la verdad, que es el amor.

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