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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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05 Julio 2015 08:00:43
La revolución
Llenos están otra vez los templos de la Ciudad de México. Llena de gente está la hermosa Catedral Metropolitana, monumento el más hermoso de la América, incluidos el Rockefeller Center y el Astrodome de Houston; llena está la recoleta iglesia de San Francisco; llena la señorial Profesa; lleno el adornado recinto de la Santa Vera Cruz.

Cada día hay muchas rogativas. Se reza copia de trisagios y novenarios; se ofician misas cantadas y no; como las azuladas nubes del incienso sube a los cielos un coro plañidero de Magnificats y De Profundis.

Pero no rezaba la gente, no, para impetrar la protección de la corte celestial contra la invasión de los americanos, enemigos de nuestra santa religión. Rezaban todos para pedir el amparo divino contra las desbordadas iniquidades de aquel fiero señor que se llamaba don Valentín Gómez Farías, que otra vez se levantaba contra los ministros del Señor y que otra vez hacía promulgar sacrílegos decretos para arrebatar a la Iglesia sus bienes, horribles leyes que el patán que
fungía como gobernador de la ciudad, aquel tal Juan José Baz, sacaba por decreto a las calles con escarnio y ludibrio para los hombres de Dios.

Caso omiso hicieron de aquel clamor Gómez Farías y los diputados que le eran favorables. Siguieron adelante con sus gestiones para obtener la enajenación de los bienes del clero. Entonces la Catedral cerró sus puertas y los jerarcas dejaron de oficiar las ceremonias del culto.

El Gobierno se indignó: privar a la gente de los oficios religiosos, dijo, equivalía a ejercer inmoral presión sobre el Gobierno. Se dirigieron cartas al cabildo catedralicio y respondieron los canónigos que haber cerrado las puertas del máximo templo mexicano era por el temor que había suscitado el rumor de que estaban por estallar motines por causas de política. Ni motines ni escándalos habría, respondió airado el Gobierno, de modo que se ordenaba a los eclesiásticos que
nuevamente fueran abiertas las puertas de la Catedral.

El día 14 de enero (1847), un señor cura que oficiaba el ceremonial de una inhumación en el cementerio de la Catedral dijo algunas palabras tan fuertes en contra del Gobierno, y particularmente de Gómez Farías, que un grupo de hombres, excitados así, salió a las calles del centro gritando:

–¡Muera el gobierno! ¡Viva la religión!

Hubo rumores en el sentido de que el regimiento Independencia y el batallón Victoria estaban conjurados para hacer estallar una asonada y quitar a Gómez Farías de la vicepresidencia. Se murmuraba acerca del patriotismo de “Gómez Furias”, pues se sabía muy bien que todos los días llegaban cartas angustiosas que Santa Anna enviaba desde San Luis Potosí en solicitud de dinero al vicepresidente, y aunque éste confiscaba bienes del clero, Santa Anna no recibía ni un
centavo.

¿Cómo era posible que el Gobierno no pudiera mandar dinero al Ejército defensor, si en las ocasiones anteriores en que Gómez Farías había participado en motines o asonadas de inmediato había contado con grandes sumas para sus movimientos? Surgió una especie que circuló por todos los puntos de la ciudad: el vicepresidente estaba en secreto acuerdo con los americanos, y esa era la razón por la que no mandaba dinero a Santa Anna. Así andábamos los mexicanos
cuando ya el ejército de Taylor estaba bien adentro del territorio nacional: los principales hombres del Gobierno eran sospechosos de traición; no había dinero para el Ejército, y pesaba sobre el país, junto a la amenaza ya cumplida de la invasión, la peor amenaza de la discordia civil.
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