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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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21 Noviembre 2016 04:00:00
La Revolución mexicana, un motivo para reflexionar
Ninguna de las cualidades o situaciones que hoy consideramos valiosas lo serían sin haberse arraigado con el transcurso de los años. Las personas llegamos a estimar algo como valioso por su utilidad o idoneidad. Tal fenómeno, que bien podríamos llamar la consagración –por conveniencia– de lo cotidiano (en la forma de “valores”), se convierte en motor y brújula de los esfuerzos individuales y de las sociedades. Las personas sueñan, luchan, defienden, se inspiran y justifican sus conductas y acciones de acuerdo con sus valores; dan su vida o la impregnan de sentido, de algún modo, a partir de los valores.

Cuando los miembros de una sociedad experimentan insatisfacción por la existencia de limitaciones que impiden su pleno desarrollo –el cual conlleva el respeto de sus valores–, suelen revelarse contra los poderes o las fuerzas que identifican como responsables o causantes. A ello se debió la Revolución mexicana. No pocos estudiosos de la Historia de México han ahondado en los motivos que dieron origen a este conflicto socio-político armado, los cuales, en general, hoy en día los mexicanos identifican o sintetizan en el autoritarismo, la pobreza y desigualdad (o marginación).

Para dos de ellos, Javier Garciadiego y Sandra Kuntz (2000), “su estallido se debió, entre otras razones, al agotamiento del modelo porfirista de Gobierno, a su incapacidad para lograr la renovación política pacífica durante la coyuntura de la sucesión presidencial de 1910 y a la ineficiencia del sistema para satisfacer las aspiraciones de las clases medias y de los sectores populares”.

En el fondo, la Revolución de 1910, como la gran mayoría de los movimientos de su tipo, fue una batalla contra la injusticia y la transgresión de la dignidad de una parte muy amplia de la población (la más amplia). En esencia no se lucha por un derecho (por el derecho al trabajo, a la educación o al cuidado de la salud), sino por el valor que se confirma y protege cuando se reconoce un derecho. Pues, siendo todos iguales, es injusto que a algunos se les respeten y protejan ciertas cualidades y a otros no.

En ese sentido, la Revolución mexicana fue una batalla por la igualdad, la libertad, la participación efectiva, por el pleno desarrollo de la persona, en suma, por la dignidad del mexicano; es decir, fue una batalla por sus valores. No es libre quien no puede participar en la elección de su gobierno. Como tampoco lo es quien carece de las condiciones materiales indispensables para ejercer y fortalecer sus facultades y capacidades. Es cierto que los gobiernos no están obligados a proporcionar a sus gobernados más allá de los medios para los que alcancen la suma de sus recursos y contribuciones; pero también lo es que deben ser empleados y distribuidos de la forma más racional y equitativa posible. Eso no sucedió en los años previos a la Revolución mexicana. Desafortunadamente, tampoco ha sucedido después, al menos no en la forma deseable.

La sociedad mexicana ha evolucionado durante el último siglo. Sin embargo, aún está lejos de ser una sociedad justa, que permita y pugne por que todas las personas pueden ejercer sus libertades en igualdad de condiciones.

La pobreza, la discriminación por múltiples razones, la trata de personas, las elevadas tasas de delitos, la indiferencia común ante el dolor y la carencia ajena, la inaccesibilidad en diversos sentidos que enfrentan las personas con discapacidad, la corrupción, el deterioro del medio ambiente, la ofensa y difamación cotidiana, son sólo algunas de las tantas situaciones que lastiman a los mexicanos (abundan estadísticas y diagnósticos).

Todos son fenómenos ligados a los valores; debidos a la falta de ellos y que constituyen barreras que se perciben infranqueables para su desarrollo y vigencia. En la negación de un derecho (y/o su ejercicio) subyace la negación de un valor.

Los responsables de la violación a los derechos humanos de los mexicanos son los mismos mexicanos, unos y otros; como individuos y como sociedad, desde lo personal y desde su posición en el Gobierno, la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación, las iglesias, las empresas, las organizaciones públicas, privadas y sociales. No es cierto que el tiempo arregla las cosas ni que las pone en su lugar. Son las personas las que, con sus valores, actitudes y obras, lo hacen o no.

Pueden pasar otros 100 o 200 años, durante los cuales, a pesar de constatar las injusticias, no se logre combatirlas. ¿Por qué? Por el desconocimiento de la dignidad y sus implicaciones, así como por la debilidad de los valores humanos, principalmente de la conciencia y la empatía. Pedro de J. Pallares (2007) advierte lo siguiente: “quien no sea capaz de evaluar sus acciones en función de una vida digna o indigna nos obliga a poner en seria duda su sentido de humanidad”. Que la Revolución mexicana sea un recordatorio permanente para no ponernos en duda.
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