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Juan Latapí
Juan Latapí
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27 Agosto 2017 03:10:00
La salida
ALGO NO ANDA BIEN. HAN pasado tres meses y todavía no se resuelve la elección para gobernador de Coahuila; mientras unos dicen que las elecciones se ganan con votos, los demás argumentan que fue un proceso electoral tramposo y con votos ilegales. Por lo pronto los señalamientos, acusaciones, descalificaciones y la desinformación diaria abonan la incertidumbre y lo único seguro es que no hay nada seguro.

PERO ESO SÍ, todos se envuelven en la bandera de la democracia y dicen rendirle culto apasionado e incondicional. Hablan de una democracia que desconocen y mucho menos practican. Tal parece que ignoran quién fue Francisco I. Madero y lo que hizo por la democracia.

EN FEBRERO DE ESTE AÑO apareció un libro en el que se narran –entre otros temas- algunas anécdotas de cómo Madero se esmeró en respetar la legalidad y la división de poderes; de su respeto absoluto a las decisiones del Congreso y, sobre todo, a la libertad de prensa. Ese respeto a la libertad de expresión fue tan grande que se llegó a considerar “un error político” que la presidencia de Madero no actuara para someter a los otros poderes ni para subvencionar a los periódicos como lo había hecho Porfirio Díaz.

NADIE COMO MADERO ha creído con tanta devoción en la democracia ni se ha preocupado tanto por hacer realidad ese ideal. Fueron muchas sus muestras de respeto al sufragio y casi inexistentes las denuncias por violaciones en los procesos electorales que se efectuaron durante su breve mandato. Madero, como ningún otro presidente en la historia hasta nuestros días, procuró que las elecciones fueran libres y limpias.

POR EJEMPLO, el 16 de enero de 1912 Madero escribió a Manuel M. Alegre, gobernador de Veracruz, para decirle que en las elecciones locales “es indispensable obrar con rectitud, y usted más que ninguno es una garantía para el voto de los veracruzanos”.
Tres días después le recordó que estaba “decidido en todos los casos a apoyar al que tenga la mayoría de votos” en la elección de gobernador. “Le repito –le dijo el 23 de enero-: Para mí es exactamente igual cualquiera de los dos candidatos que resulte triunfante, pues únicamente deseo que el que tenga más votos resulte electo, por ser esos los principios por los que tanto hemos luchado”.

ESE MISMO MES, el 25 de enero, Madero le escribió al General Jerónimo Treviño, quien seguía siendo el hombre fuerte en Nuevo León: “Usted sabe que los principios de nuestro gobierno son hacer que sea respetado el voto público en todo y por todo, y considero que únicamente son estables en los gobiernos de los estados los gobernadores que cuentan con la mayoría. Por estas circunstancias me permito suplicar a usted se dirija en lo confidencial al gobernador, al General Estrada y personas influyentes del Estado, para recordarles la más absoluta neutralidad en las elecciones y que dediquen todos sus esfuerzos para hacer que sea respetado el voto público”.

DE IGUAL FORMA, pero aun con mayor precisión sobre la equidad que debía prevalecer entre los candidatos, el 28 de mayo, en víspera de las elecciones de diputados y senadores, Madero le hizo ver al gobernador de Tabasco, Manuel Mestre, que “lo prudente y justo es colocar a unos y otros en un perfecto pie de igualdad, de manera que sus trabajos de propaganda puedan llevarse a cabo dentro de la más completa libertad”. Consideraba que el gobernador “no debe ya insistir en buscar un apoyo moral exclusivo para determinados candidatos”.

BAJO EL GOBIERNO DE MADERO, como casi nunca se ha visto en México, hubo elecciones libres y limpias. Por si fuera poco, esto se logró en medio de intensas turbulencias políticas y sin el antecedente de una tradición democrática en ningún otro momento de nuestra historia. No ha habido otro presidente en la historia de México que haya escrito a los gobernadores para pedirles que se abstuvieran de manipular el voto y que garantizaran con equidad la libre decisión de los ciudadanos.

HAN PASADO MÁS DE 100 AÑOS, Madero pasó a la historia, la democracia también y su legado es letra muerta. La neutralidad, el respeto y el reconocimiento de la voluntad electoral por parte de los gobernantes sigue durmiendo el sueño de los justos y al parecer no nos interesa salir de ahí. Por cierto, el libro que se cita se llama “La salida”.

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