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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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12 Septiembre 2016 04:00:40
La sociedad mexicana y el origen de sus males
“De la voluntad buena no surge un acto moralmente malo, de la misma forma que de la voluntad buena se sigue un acto moralmente bueno”. Esta afirmación de Santo Tomás de Aquino, la cual forma parte de su reflexión acerca de la causa del mal, puede sernos de mucha utilidad para explicar –y comprender– el origen de la mayoría de los males que nos afectan a la sociedad mexicana.

Los mexicanos somos cada vez más quejumbrosos. Hace unos años nos percatábamos de ello a través de los medios masivos de comunicación tradicionales, principalmente de la televisión y la radio, así como de las charlas familiares y de café; hoy en día, por medio de las redes sociales.

Si bien hay mexicanos que tienen verdaderas razones de peso para quejarse, para externar su descontento y protestar, como los millones de personas que viven en la pobreza o que actualmente son presa de cualquier forma de esclavitud moderna; cuando sostengo que “los mexicanos somos quejumbrosos” no me refiero precisamente a esos mexicanos, sino a todos, a los más de 120 millones que somos, pero, especialmente, a quienes conforman el segmento poblacional identificado (de forma incorrecta, estoy de acuerdo) como “clase media” (en todas sus múltiples gradualidades).

Como lo explican Luis de la Calle y Luis Rubio (2010), la clase media ha experimentado más transformaciones que las demás clases, por ejemplo, las consecuencias de las crisis financieras y el acceso a la red de internet; lo que ha resultado en un cambio de actitudes. Una de ellas es la de criticar con mayor frecuencia y severidad aquello que, supone, amenaza su estabilidad o su status quo. Un día sí y al otro también, cuestionan acciones, omisiones, intenciones y hasta gestos de políticos, gobernantes, servidores públicos y de toda aquella persona que ocupe una posición de liderazgo público–político. Y no está mal que lo hagan.

El punto es que, para que la crítica pública tenga sentido y un efecto positivo, debe ser consistente, es decir, debe, por lo menos, estar fundada, ser objetiva y acompañarse de acciones que contribuyan a superar una dificultad, solucionar un problema o hacer más eficiente algo (dicen que el que poco ayuda mucho estorba). En suma, una crítica sana, responsable y productiva conlleva tres componentes: conciencia, razón y voluntad.

Lo que detona la voluntad es sin duda la conciencia mediante el uso de la razón. El conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal es lo que permite a la persona apreciar la realidad y conducir moralmente (éticamente) sus actos. Cuando Santo Tomás dijo que “de la voluntad buena no surge un acto moralmente malo”, lo hizo seguramente convencido de que de una persona buena emanan actos buenos porque son los que le dicta su conciencia. En efecto, de una sociedad buena, con una conciencia social buena, deben emanar actos buenos. Pero más allá de hablar del bien o del mal, de lo que está bien o de lo que está mal, lo que me interesa es, precisamente, abonar a “hacer conciencia sobre la importancia de la conciencia objetiva”.

Esto toda vez que, en esa crítica que diariamente hacemos a todo lo que huela a autoridad, muy seguido carecemos de un conocimiento de la realidad que es indispensable para la conciencia. Nos quejamos de que tenemos malos gobernantes y políticos indeseables, olvidándonos de que surgieron de la misma sociedad a la que pertenecen (de la nuestra) y sin tomar en cuenta la gravedad de muchas de nuestras posturas y sentimientos, los cuales, nos guste o no, coinciden con los de esos personajes. “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (Mateo 7:18).

Esta es una muestra mínima de nuestra realidad, según diversos estudios: 56% de los mexicanos está de acuerdo con que se legalice la pena de muerte (DEFOE, en Animal Político, 2014); 38% no estaría dispuesto a permitir que en su casa vivan personas lesbianas u homosexuales (UNAM–IIJ, 2015); 61% ha pagado un soborno a la policía (Casar, en IMCO, 2015); 68% no ha leído ningún libro completo no relacionado con su escuela o profesión en los últimos 12 meses (Conaculta, 2010); para 77% “tener éxito en su vida” significa “tener bienestar material (trabajo, empleo, ganar dinero, etc.)” (UNAM–IIJ, 2015); 65% tiene poco interés en la política (ENCUP, Segob, 2012) y en el caso específico de los jóvenes, este porcentaje se eleva al 90 por ciento (IMJUVE, 2012); el 35% ha sentido que sus derechos no han sido respetados por no tener dinero, 29% por su apariencia física y 27% por su ropa (UNAM–IIJ, 2015); 80% ha comprado o descargado un producto pirata (Casar, en IMCO, 2015); las tres actividades que mayormente realizan los jóvenes en su tiempo libre son ver televisión, escuchar música y descansar/dormir. Así pensamos. Con esas ideas, ¿de dónde esperamos que broten líderes y políticos inmaculados?

La corrupción, la inseguridad, la violencia, el desempleo, el estancamiento y las demás dolencias que solemos achacar a los gobiernos han surgido –directa o indirectamente, por acción u omisión– de la misma sociedad, de nosotros. Tener conciencia de ello antes de criticar, así como hacer algo para, desde nuestro lugar, contribuir a la evolución de la sociedad mexicana, es una tarea ineludible e impostergable.
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