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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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09 Febrero 2018 04:07:00
La sombra del gasolinazo
Igual que la mayoría de los tecnócratas y los políticos, José Antonio Meade es un hombre sin carisma. En el Banco de México, para el cual se le candidateó antes de que el PRI “lo hiciera suyo” y lo postulara para Presidente, su falta de atracción no hubiera significado ningún problema, sino, al contrario, un punto a favor, pues la tarea de la institución no consiste en ganar simpatías ni el aplauso de la galería, sino en mantener el peso a flote y la inflación a raya, objetivos que en el sexenio de Peña Nieto ha cumplido a medias.

Meade no tiene el carisma ni la oratoria de Colosio, por ejemplo, quien antes de ser candidato a la Presidencia fue diputado federal, secretario de Estado y líder nacional del PRI. En su discurso del 6 de junio en el monumento a la Revolución, 13 días antes de ser asesinado, Colosio criticó el arribismo: “No queremos candidatos que, al ser postulados, los primeros sorprendidos en conocer su supuesta militancia seamos los propios priistas”.

Desde esa perspectiva, el caso de Meade llama aún más la atención, pues el PRI lo prefirió justamente por no ser militante. La decisión pudo tomarse por el repudio hacia un partido que, si bien ya había propuesto candidatos impopulares como Carlos Salinas y Roberto Madrazo, jamás había recurrido a alguien extraño a sus filas. El propósito de presentar un perfil en apariencia desligado del PRI consiste en atraer a los electores que jamás votarían por ese partido, pero aun así el movimiento es demasiado riesgoso. Meade representa la continuidad del Gobierno de Peña, cuyo nivel de aprobación es apenas de 20%, según una encuesta de Reforma (20.07.17).

Para los ciudadanos, el principal problema del país es la inseguridad pública (53%), y para los líderes (académicos, políticos, empresarios y ONG), la corrupción (65%), según la misma encuesta. El 77% del primer grupo considera que México va por “mal camino”, y el 86% que para el Presidente “las cosas se están saliendo de su control”.

Meade ha sido cinco veces secretario de Estado, pero el recuerdo más extendido que se tiene de él es por el “gasolinazo” de 2017, que provocó manifestaciones y disturbios en el país. El tema lo capitalizan Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, precandidatos de las coaliciones encabezadas por Morena y el PAN, respectivamente, para socavar la candidatura del exsecretario de Hacienda, de por sí débil.

El perfil de Meade es más parecido al de Ernesto Zedillo, el candidato sustituto del PRI tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, de quien había sido coordinador de campaña. Sin embargo, el bajo impacto de Meade en el electorado y la desorganización y las pugnas en su equipo han generado rumores de que podría ser reemplazado por Aurelio Nuño, el jefe de su campaña.

“Mis gargantas profundas me dicen que analizan la posibilidad de que lo cambien a Meade por Nuño, eso se daría al final de la precampaña. Videgaray impuso a Meade y ahora Videgaray, como Meade no levanta, está impulsando a Nuño”, declaró López Obrador en Veracruz (SDPnoticias.com, 18-01.18). La versión ha sido desmentida, pero el exsecretario de Educación, como en su tiempo Zedillo, no tiene impedimento para ser candidato.

La cuestión es: ¿en caso de ganar las elecciones, Meade investigaría a los colaboradores preferidos de Peña Nieto acusados de corruptos? El Presidente no tiene un hermano incómodo como Raúl Salinas –a quien Zedillo encarceló por homicidio y enriquecimiento ilícito– lo fue de Carlos Salinas, pero sí protegidos como el secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza. No parece. Tal cosa sólo podría ocurrir si López Obrador o Anaya ganan la Presidencia. En ese caso, ni el propio Peña dormiría tranquilo.
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