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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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10 Febrero 2015 05:09:23
La teoría del cerco
En ese mar de elucubraciones, teorías y sesudos análisis que pretenden encontrar alguna explicación al abismo que separa a la más alta esfera del poder y el México real y, sobre todo, por qué actúa como actúa el Presidente (que parece empotrado en una torre de marfil desde la que poco o nada se alcanza a percibir la escena nacional), hay quien sostiene que Peña Nieto está aislado, rodeado de un impenetrable círculo de siniestros personajes que le impiden ver las cosas tal y como son y que, por lo tanto, sería una víctima más de la gran tragicomedia en la que se convirtió su administración.

Quienes esto sostienen, abrazan la famosa teoría del cerco, aquella que vio la luz en la Argentina de los 70 y que justificaba el distanciamiento de Juan Domingo Perón de los movimientos sociales que precisamente habían impulsado su retorno al poder. Sí, no era culpa del gobernante, sino de aquellos que formaban el “cerco” y que le impedían tocar, sentir la realidad que sufría el pueblo que gobernaba.

Años después, para los propios argentinos que elaboraron la teoría del cerco, quedó claro que Perón sabía perfectamente qué sucedía y que no actuó en forma diferente a como lo hizo, porque no sabía, no podía o no quería.

Bueno, pues los mexicanos hoy la tenemos mucho más fácil. Peña Nieto no vive en una torre de marfil ni está “secuestrado” por un grupo de siniestros personajes (aunque tal vez sí, por su propia soberbia). Sabe perfectamente lo que sucede y no actúa en forma diferente, un poquito porque no sabe, otro tanto porque no puede y un mucho simplemente porque no quiere.

Ya tenemos un antecedente y de contundencia: cuando las protestas por el caso Ayotzinapa alcanzaron su máximo nivel, Aurelio Nuño, el jefe de la Oficina de la Presidencia y uno de los hombres más cercanos a Peña Nieto, afirmó que “no vamos a sustituir las reformas por actos teatrales con gran impacto, no nos interesa crear ciclos mediáticos de éxito de 72 horas. Vamos a tener paciencia en este ciclo nuevo de reformas. No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo, ni a saciar el gusto de los articulistas. Serán las instituciones las que nos saquen de la crisis, no las bravuconadas”. Más claro ni el agua: nada ni nadie moverá a la administración de su proyecto.

Luego, otro manotazo: ante las evidencias del escandaloso conflicto de interés que involucra al propio Presidente, a su esposa y al secretario de Hacienda, Peña Nieto ordena a un subalterno que lo investigue, en un lance que no deja satisfecho a nadie y que, por el contrario, ahonda las sospechas sobre el desempeño y actuación del Ejecutivo, y en forma paralela alimenta la especie de que se trata de un mandatario “que no entiende que él no entiende”.

Habría que explorar otro sendero. El Presidente entiende perfectamente lo que sucede y actúa tal y como actúa porque quiere, porque puede, y en el ínter lanza un mensaje que ya nos debe resultar más que evidente: no le importa la crítica y el hecho de que haya logrado lo que hace meses parecía imposible, que todos los que forman el llamado círculo rojo (analistas, académicos y periodistas) coincidan en señalar un día sí y el otro también, la gravedad de sus yerros y omisiones, le hace lo que el viento a Juárez.

Habría que asimilar que nos gobierna un hombre al que no le importa cuidar las formas, y que no le importa todo aquello que se encuentre fuera de su círculo de intereses (políticos y personales), tal como anticipó su amigo Aurelio Nuño.
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