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Arturo Guerra LC
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31 Julio 2016 03:00:21
La tienda de los dulces
Un adolescente de 16 años paseaba con su amigo por la calle. Era cuaresma. No vivía su fe muy a fondo, pero alguna reminiscencia de su niñez religiosa permanecía. En su familia estaba muy arraigada la costumbre de hacer pequeños sacrificios durante la Cuaresma. Así que él, vivir los mandamientos, pues no mucho, pero durante la cuaresma no tomaba dulces.

Caminaba con su amigo y pasaron por una tienda de dulces. El amigo se detuvo y dijo que entraría a comprar algunos dulces, que por favor le esperara.



Él le dijo: “Oye, pero en cuaresma no se toman dulces”.

Su amigo le respondió: bueno, mira, lo de los dulces yo creo que los niños lo hacen muy bien, pero no hay que quedarse ahí, yo lo que hago es ir a misa y comulgar todos los días.

Esto fue un balde de agua fría en el alma de aquel adolescente. El resto del día se quedó con eso. Su fe se le había quedado pequeña y no iba más allá de la privación cuaresmal de unos azúcares.

En la noche, en su casa tenía ya una determinación y le dijo a su madre: “Mamá, quiero ir a misa mañana, ¿me puedes despertar cuando vayas a ir, tú que vas todos los días?”

La mamá, un tanto sorprendida, pero sin externarlo mucho, cogió el despertador de cuerda y lo puso a una hora muy de mañana, suficiente para llegar a la iglesia.

Al día siguiente, su mamá, todavía escéptica, fue a despertar a su hijo y le dijo:

- Ayer me dijiste que querías acompañarme a misa…
- Sí mamá, quiero ir.

Y se levantó enseguida, cosa rarísima.

Para este chico este día es un parteaguas en su vida. Lo cuenta con mucha ilusión y entusiasmo. Dice que se acuerda hasta del ruido que hacía la cuerda vieja del despertador. Se acuerda del camino hacia la iglesia tan de madrugada y tan en silencio, se acuerda de la misa, se acuerda de la comunión. Vio algo en la misa que jamás había experimentado en todas sus misas dominicales. Dice que se acuerda cómo hasta las latas tiradas en la calle le parecían hermosas.

Al salir se propuso que seguiría yendo todos los días durante toda la cuaresma. Al terminar la cuaresma, se propuso que seguiría yendo a misa todos los días de su vida. Años más tarde fue ordenado sacerdote. Hace unos cuantos años yo le escuché contar esto en la homilía de una misa. Para ese entonces, era él un obispo emérito de más de 80 años lleno de vitalidad y con su fe en Jesucristo a flor de piel.

Una vez más vemos a Dios que actúa en lo secreto de un alma.

Una vez más vemos cómo Dios se vale de instrumentos humanos para acercarnos a él.

Una vez más vemos que mientras menos protagonista se sienta el instrumento, Dios se vale mejor de él.
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