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Vicente Bello
Vicente Bello
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02 Junio 2018 04:00:00
La tragedia mexicana en la negociación del TLCAN
Cuando comenzaron las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio con Canadá y Estados Unidos, en 2017, entonces el gobierno de Enrique Peña Nieto permitió que una comisión de diputados y senadores se incorporará al equipo presidencial, para presenciar los primeros escarceos de una dura batalla que hoy, en vez de concluir, parece que se catapulta, con la determinación sádica de Donald Trump de imponer aranceles al acero y aluminio mexicanos.

Desde aquellos comienzos, legisladores mexicanos como la senadora Dolores Padierna lamentaban que solo les estuvieran permitiendo presenciar algunas negociaciones. E incluso Padierna denunciaba que, más bien, se sentían utilizados por el Ejecutivo Federal, para legitimar un papel negociador de los mexicanos caracterizado por la secrecía y el misterio.

Si bien México cuenta actualmente con negociadores de talla mundial, también era cierto que no había unidad propiamente dicha, porque una era la vía por la que transitaba el equipo negociador capitaneado por la Secretaría de Economía y otro era el sendero por donde pretendía el secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray Caso, a ultranza, llevar las negociaciones.

Unas negociaciones que, sin duda, están caracterizadas también por la desconfianza no solo de la oposición, sino también de amplísimos sectores económicos y empresariales del país.

A veces da la impresión el gobierno de Peña Nieto que las negociaciones las lidera el secretario de Economía Guajardo, otras veces sin embargo da la impresión de que es Videgaray, con lo que ello implica: Desconfianza y temor de que el gobierno mexicano vaya a negociar contra los intereses nacionales.

Uno quisiera suponer que la Secretaría de Economía estaría ciñéndose más a los linderos de una negociación técnica y afín a los intereses de la gente de México; pero solo la evocación de Videgaray rompe con la confianza que un pueblo se supone que debería tener en su gobierno, en sus representantes.

Entre tanto todo esto ocurre, en los territorios del Congreso de la Unión el silencio prevalece en torno de estos asuntos, y los legisladores no van más allá de sus débiles posicionamientos desde la Comisión Permanente.

Posicionamientos que no van lejos, y que más parecen ser actos de simulación para taparle el ojo al macho.

A estas alturas de la negociación del tratado comercial de marras es para que el Congreso mexicano ya estuviera exigiendo al gobierno de Peña Nieto que le permitiera incorporarse a la negociación.

Y no sOlo a los legisladores, sino también que a ese equipo se le incorporaran docenas de representantes de las distintas áreas económicas del país, para que estuvieran observando, con lupa, cómo los negociadores mexicanos los defienden supuestamente.

Debería aprovecharse, por el lado mexicano, este papel infame y vil de Donald Trump, de echar para atrás del modo más arbitrario las negociaciones. Acaba de dar de patadas a los negociadores no solo de México y Canadá, sino también de su país, cuando decreta la imposición de aranceles a dos productos que en cualesquiera país pueden ser considerados verdaderos cruceros de las economías: El acero y el aluminio.

El acero atraviesa a casi todas las actividades económicas de un país, sea de modo trasversal, horizontal o vertical. No es gratuito que esa industria ejerza el liderazgo de todas las actividades productivas.

¿En dónde no se ocupa un pedazo de fierro? Dirían algunos que en el sector terciario. Pero este se mueve en la medida que subsectores como el de la industria del acero se agilizan o se frenan.

Andan algunas voces oficialistas diciendo –a partir de la perversidad de Donald Trump- de que es hora de que el gobierno mexicano dé prioridad a la diversificación de las exportaciones, para ya no depender como se depende bárbaramente de la economía de los Estados Unidos.

Es, literalmente, lo mismo que han estado recomendando los opositores desde los tiempos de la firma del GATT, en 1985, aquel tratado comercial que el gobierno de Miguel de la Madrid firmó y que fue preludio de la firma en junio de 1993 del tratado de libre comercio con Canadá y Estados Unidos, ahora puesto en la picota por el presidente estadounidense.

Lo que la oposición critica de Peña es que este, con su equipo negociador, se está dando manga ancha, es decir amplios márgenes, para tomar decisiones sin previas consultas con los sectores y subsectores que desde la firma de 1993 se han sentido muy perjudicados.

¿El gobierno mexicano –en este trance de negociaciones con Canadá y Estados Unidos- ha estado haciendo consultas con los sectores y subsectores del campo? Es una pregunta que podría responder si los diputados y senadores estuvieran cerca del equipo negociador. Pero, al parecer, a ellos tampoco les han permitido cercanía.

Es lo delicado de este momento para el país, porque depende, por mucho, de la ética y la moral que pudieran tener estos negociadores, y de la autonomía técnica que les permitieran entidades grotescas de la vida nacional como Luis Videgaray Caso, cuya característica principalísima es la inmoralidad y su vocación de traidor a la patria.

ESTRIBO
Trump, con su decisión de imponer aranceles a los aceros y aluminios mexicanos y canadienses, prácticamente rompió el espinazo de las negociaciones del tratado comercial.

Sería una muy buena oportunidad para que el Congreso mexicano entrará, de lleno, a la búsqueda del futuro económico del país, mediante foros y consultas urgentes a los hombres del presidente Peña, para saber qué piensan hacer, si modificar la estrategia comercial de México con miras a la urgente diversificación o seguirse acomodando al paso del bruto que gobierna a los Estados Unidos.
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