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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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14 Agosto 2017 04:00:00
La vaca flaca, a propósito del éxito
Una vez existió un joven discípulo a quien su maestro había enseñado prácticamente todo cuanto sabía. Cuando estaban por concluir las lecciones, el maestro le dijo que faltaba sólo una prueba, una muy importante. El discípulo escuchó atentamente las indicaciones. Se trataba en realidad de un reto que lo desconcertó.

El maestro le indicó que ese día en la noche debía acudir a la modesta granja en donde habitaba la familia más pobre del pequeño pueblo en el que vivían, robar el único animal que tenían, una vaca flaca de la que dependían para todo, llevarla a otro pueblo muy lejano y regalarla a quien pareciera no necesitarla. Debía hacerlo sin cuestionar a su maestro. Triste, inconforme y decepcionado, el discípulo atendió el mandato.

Pasaron algunos años y el joven no aguantó el remordimiento por haber cometido tal bajeza. Así que un buen día decidió visitar a la familia que habitaba en aquella granja. Cuál fue su sorpresa cuando al aproximarse se percató de que la granja ya no existía, y que en su lugar había una enorme hacienda próspera, hermosa y con decenas de distintos animales. De pronto, identificó al padre de la familia, se trataba del mismo hombre que había conocido tiempo atrás, pero ahora con otras ropas y un semblante distinto, radiante.

El joven no aguantó la curiosidad y lo abordó para preguntarle: –Disculpe. Hace tiempo vivía aquí una familia en condiciones muy precarias, ¿en dónde está? ¿Qué ha sido de ella?–. A lo que el padre respondió: –En efecto, somos nosotros mismos. Sólo que hemos cambiado. Nos ha ido mucho mejor. Resulta que antes teníamos sólo una vaca flaca, de la que dependíamos para todo. Pero un día alguien la robó. Al principio estuvimos tristes y preocupados, sí. Pero teníamos que salir adelante. Así que nos vimos en la necesidad de aprender a hacer nuevas y más cosas. Supimos entonces cómo criar otros animales, obtener mayor provecho de ellos, sembrar y mire, sin querer, hasta cómo comercializar. En realidad, nos hizo un gran bien quien robó nuestra vaca–. Entonces el joven pensó en su maestro, sonrió y lo entendió todo.

Salir de la zona de confort no es fácil, pero es necesario para alcanzar el éxito. Esta famosa parábola, conocida como “la historia de la vaca flaca”, muestra la importancia de perder el miedo, renovarse, adquirir distintos valores y desarrollar nuevas competencias para alcanzar el éxito. “Si queremos tener éxito en la vida es posible que debamos realinearnos con principios distintos a los que hemos seguido hasta ahora”, advierte Stephen R. Covey.

Hablar de éxito no es sencillo. Se trata de uno de los conceptos más abordados y hasta “comercializados” de la historia. Asumir una definición de “éxito” depende de los valores, la experiencia y visión de cada quien. De acuerdo con el diccionario (RAE), “éxito” es el “resultado feliz de un negocio, actuación, etc.” y la “buena aceptación que tiene alguien o algo”. Según el experto en filosofía budista Alejandro Martínez Gallardo, mientras que “para la sociedad moderna el concepto de éxito o logro en la vida está vinculado con el verbo ‘tener´: tener dinero, tener una pareja, tener una familia, tener fama”, “en el budismo el éxito o el logro se formula mejor utilizando el verbo ‘soltar’, el verbo ‘liberar’ o ‘dejar’… el éxito es mayormente interno, es el logro de una mente en paz, luminosa y compasiva”. Para los fines de esta reflexión, basta con dar por sentado que el “éxito” es el resultado feliz de algo cotidiano, que no falta a las reglas mínimas de la espiritualidad, la ética y la moral, vaya, que no daña ni lastima, sino al contrario.

Covey ha identificado que todas las personas exitosas poseen valores similares, los cuales adoptaron como principios que han conducido su vida. Específicamente se refiere a las 12 palancas que rigen la vida de las personas de éxito: la integridad, la contribución, la prioridad, el sacrificio personal, el servicio a los demás, la responsabilidad, la lealtad, la reciprocidad, la diversidad, el aprendizaje continuo, la renovación y el hecho de enseñar a aprender.

Por su parte, John C. Maxwell da a conocer una serie de decisiones que ha descubierto y que reconoce como claves para ampliar el talento de cualquier persona y, en efecto, colocarlas e impulsarlas en el camino del éxito. Estas decisiones son: creer, hacer las cosas con pasión, tener iniciativa, contar con enfoque, prepararse, practicar, perseverar, tener valor, disposición a aprender, forjar un carácter adecuado, rodearse de relaciones que influyan positivamente, ser responsable y trabajar en equipo.

Existe un valor estratégico que sintetiza a la perfección la suma de todos esos otros valores y principios a los que se refieren Covey y Maxwell, y que puede ser visto como la columna vertebral para alcanzar el éxito, entendido éste en su acepción más humana y noble, más sabia y humilde: la integridad. De acuerdo con el mismo Covey, “las personas íntegras son iguales por dentro y por fuera. No tienen intenciones ocultas ni motivos ulteriores”. La integridad, esa correspondencia entre hacer, sentir y pensar, es una garantía para alcanzar el éxito en el día a día. Probémoslo, intentemos deshacernos de las vacas flacas que nos atan y limitan el éxito.

Dedico este artículo a los jóvenes, que el pasado 12 de agosto celebraron, como cada año y por disposición de Naciones Unidas, el Día Internacional de la Juventud. Recordándoles que en esta ocasión la invitación es a que participen, de verdad, en la construcción de una paz verdadera y que contribuyan a prevenir los conflictos y a transformarlos en cosas positivas.
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