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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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23 Julio 2017 04:00:00
La verdad del momento
Un hombre encontró en su habitación una encolerizada avispa que zumbaba al golpearse repetidamente contra un cristal. El insecto insistía en traspasar el vidrio sin percatarse de que la ventana por la que había entrado estaba abierta de par en par. El hombre trató de espantarla hacia la ventana, pero la avispa se violentaba cada vez más dentro de la prisión creada por ella misma. Finalmente, el hombre tomó una gruesa jerga de lana y casi la asfixia para darle una libertad forzada, antes de que terminara por estrellarse en el cristal, o picara la mano de quien trataba de liberarla.

En ratos nos parecemos a la avispa del cuento. A pesar de la libertad que hemos disfrutado para utilizar nuestros recursos, hemos optado por encerrarnos en prisiones de pesimismo y falta de fe en el futuro. Nos preocupamos con exceso de nuestras carencias, mientras estamos sentados en la Tierra Prometida.

Es una verdad irrebatible que la persona se encierra dentro del ambiente que ella misma crea, y es prisionera de las limitaciones que se impone. Vive en la atmósfera de su propia creación en espera de que alguien venga a salvarla. Estira la mano para que le den lo que puede procurarse por sí misma.

Quejarse de la situación que experimentamos resulta tan absurdo como si después de tirarnos al río, estuviéramos molestos porque nos hemos mojado. Sentados en un país rico en recursos, lamentamos la falta de oportunidades: cerramos nuestros ojos y oídos a toda posibilidad de mejorar nuestra condición presente. Paralizados por la incertidumbre que vive el país tememos arriesgarnos, y después la queja de que “no hay inversiones”.

Deseamos tener más, pero rehusamos hacer más, o invertir más tiempo y esfuerzo en un proyecto. Queremos oportunidades, pero nos asimos con ambas manos a cualquier vestigio de seguridad que creemos encontrar. Aspiramos saber más pero no utilizamos los recursos que ofrece la red, sino que despilfarramos nuestro tiempo en chatear. Soñamos con un trabajo mejor, pero no nos preparamos para él, desperdiciando los programas académicos gratuitos que ofrece la nueva tecnología.

Acusamos de nuestros males al gobierno, al jefe, a las circunstancias, pero nunca admitimos nuestra propia apatía. Nos damos una y otra vez en la cabeza, pero no volteamos a los lados en busca de opciones. Vienen los forasteros a nuestro suelo y, de inmediato, arrancan nopales y magueyes de raíz para iniciar en el extranjero una industria impresionantemente rentable, mientras continuamos en eterno lamento sentados sobre las espinas. Somos tan libres como nuestra mente sea libre: las cercas y prisiones las hemos construido nosotros mismos. El poder de la imaginación es impresionante.

La historia registra un caso muy especial: Dos chicas caminaban tomadas de la mano por el bosque, Hellen Keller, totalmente privada de la vista y de audición, y su amiga, quien la conducía con desgano. Hellen entró en éxtasis al sentir la brisa juguetear con su cabello, aspirar el perfume de las flores silvestres, sentir en su mano recargada sobre un pequeño pino las gozosas vibraciones de un pájaro entregado a su canto. La amiga, en pleno uso de sus facultades, malhumorada, sólo advirtió las espinas de las flores, y el polvo que levantaban sus pisadas.

Hellen Keller, sin ver y sin oír, utilizó a tal grado los demás sentidos, que se enamoró de la vida. No lloró por lo que no tenía, sino que se glorió de lo que era suyo, y lo desarrolló. En su mundo silencioso, sin imágenes y sin ruidos, cultivó su espíritu y su inteligencia. En su aislamiento encontró fortaleza y optimismo para vencer la adversidad ayudando a otros. Su alma compuso sus propias
melodías.

El espíritu florece con los retos y dificultades. Hellen Keller aceptó de buen grado sus circunstancias: ir por el mundo sin ver y sin oír. Las aceptó y las convirtió en ventaja, en cualidades que muy pocos mortales han podido imitar.

No es tiempo de lamentaciones. Es tiempo de reconciliación y de compromiso personal. Ha llegado la hora de echar a volar la imaginación y hacer uso de nuestros muchos recursos. Después de todo, vivimos en México, nuestra Tierra Prometida, rica en leche y miel.

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