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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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16 Septiembre 2018 04:00:00
La verdad desnuda
“El Estado es el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: ‘Yo, el Estado, soy el pueblo’”, dijo Federico Nietzsche por boca de Zaratustra.

Voltaire, en su turno, y no sin desentonar, afirmaba: “Sólo entre gente de bien puede existir la amistad, ya que la gente perversa sólo tiene cómplices; la gente interesada tiene socios; la gente política, tiene partidarios; la gente de la realeza tiene cortesanos; únicamente la gente buena, tiene amigos”.

Pero ni Zaratustra ni Voltaire conocieron a Jean-Léon Gérôme, quien fue un pintor y escultor francés que, en la segunda mitad del siglo 19, y alcanzó fama en París por sus obras preferentemente dedicadas a temas históricos y
mitológicos.

Destacó en el retrato, pero me temo que se había pasado por alto su talento literario, a juzgar por una breve alegoría que cayó recientemente en mis manos y se le atribuye a él.

Narra en esa pieza cómo fue que un día, según la leyenda, se encontraron la verdad y la mentira.

Corteses ambas, y bien educadas, se saludaron.

- “Buen día”, dijo la mentira.

- “Buenos sean para su merced”, contestó la verdad.

- “Hermoso día”, dijo entonces la mentira, como con ganas de entablar una plática.

La verdad, que buen cuidado tenía de su dicho siempre, se asomó entonces para ver si eso era cierto. Como constató que lo era, contestó:

- “Es muy cierto, hermoso día”.

Y ya puestas a conversar, así fuera de trivialidades -como el clima, según recomienda la etiqueta británica- la mentira añadió: “Aún más hermoso está el lago”.

Entonces la verdad miró hacia el lago y vio que la mentira decía la verdad y asintió.

Corrió la mentira hacia el agua y, zambulléndose en ella, dijo:

- “El agua está aún más hermosa. Nademos”.

La verdad tocó el agua con su mano y se percató de que, en efecto, el agua estaba realmente hermosa y muy agradable su temperatura.

Confió en la mentira y, como ella, se despojó de la ropa y se metió en el lago a nadar.

Después de un rato, salió la mentira, se vistió con las ropas de la verdad y se fue tan campante.

La verdad, incapaz de vestirse con las ropas de la mentira, comenzó a caminar desnuda.

“Todos se horrorizaban al verla pasar así”, y desde entonces, según el buen Gérôme, “es que la gente, aún hoy en día, prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad, mientras que rechaza la verdad al desnudo”.

Es posible que alguna persona dada a simular y a prodigar engaños convincentes venga a la mente de quien lo anterior lea. Si es así, no se precipite ni la trate como alguien execrable y ruin, que merece desprecio y condena, nunca confianza.

Piénselo bien, deje que las sabias palabras de Gérôme conmuevan su corazón y toquen su entendimiento ¡No se precipite!

Tenga en cuenta que aquello que usted ha considerado como actitud viciosa, ayuna de la más elemental virtud, es, por el contrario, una persona pudibunda, el pudor mismo redivivo, que se hace presente en ella.

La caridad compasiva es quien dicta a esas buenas personas ese comportamiento, y su aversión al escándalo. Su conducta, lejos de ser reprensible, acreedora se hace de reconocimiento y estímulo.

¡Que bueno que aquel desconocido filósofo francés, que todos creían que era solo pintor y escultor, dejó ese legado de sabiduría! ¡Gracias a él se pudieron abrir los ojos!

Por eso, antes de proferir improperios contra quienes pudiera haberse imputado cinismo –¡líbrennos los arcanos de tal imprudencia!–, téngase en cuenta que puede tratarse –y hasta quizá sea eso lo más probable– de gente consciente del sacrosanto deber ciudadano, asumido con valor y con enjundia, de precaver la inocencia e ingenuidad de los pueblos, evitando a la gente el escándalo y la perturbación que la verdad desnuda podría provocarles.

¡Es un alivio contar con esas personas!
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