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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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22 Abril 2017 04:00:00
La verdadera buena vida
Los humanos existimos más allá del ámbito material, somos seres metafísicos. Quien no lo reconozca está condenado al miedo, el vacío, la ansiedad y el sufrimiento.

Partiendo de este hecho, crecer significa para nosotros descubrir quiénes somos realmente, partiendo de la mentira de lo que creemos ser, del engaño que, a través de nuestra colectividad, nos autoimpusimos como la realidad.

Crecer es un proceso, no un suceso, personalísimo, pero, paradójicamente, acompañado. La conexión es un instinto básico de los seres humanos porque es su verdadera naturaleza. Nuestras almas desean más que nada contacto con la existencia, que no puede ser tal sin los otros.

Por eso crecer es, finalmente, expandir la conciencia más allá del horizonte de lo personal, desarrollar todo el potencial metafísico que tenemos, para conectarnos desde el alma y construir, ahora sí, un mundo justo.

La creación o el surgimiento del universo, como quiera usted verlo, no tuvo otra intención que el crecimiento, la expansión y, por tanto, la conexión con la existencia, producto evidentemente de la conciencia maestra, del UNO, de Dios, de la mente cósmica o como quiera concebirla. Pero trate de hacerlo, porque evadir su naturaleza metafísica solo le llevará al sinsentido de su propia vida.

Lamentablemente, como especie todavía somos pequeños, muy pequeños en conciencia. Tememos a la muerte porque la vemos como un final definitivo, no como el cierre de un ciclo del alma. Tememos envejecer porque nos acercamos a ella. Tememos cambiar porque lo desconocido es para nosotros la inexistencia, debido a que vivimos en la mentira del positivismo, según el cual todo lo real es únicamente aquello que podemos captar con los cinco sentidos, para crear una imagen mental que nos dé seguridad, la ilusoria seguridad que da el confundir tener con ser.

Nos resistimos a la verdadera vida, mirando al pasado o al futuro para escaparnos del presente, de la obligación de existir hoy con todo lo que ello implica. Rechazamos la madurez porque no queremos las responsabilidades y los compromisos que conlleva asumir nuestro poder espiritual, pero sí exigimos los frutos; nos da pánico morir y renacer o resucitar infinitas veces por dentro para crecer, pero la vida es una sucesión de muertes chiquitas.

Nos resistimos a la vida anteponiéndole expectativas, presionando para que las cosas salgan como queremos, las personas sean como consideramos que deben ser y las situaciones se desarrollen como deseamos. Nos resistimos a la resistencia que los demás nos oponen cuando queremos imponernos. Entablamos la lucha, la competencia, y dejamos de crecer.

Cristo murió y resucitó para que supiéramos que eso es lo que tenemos que hacer por dentro en este lugar donde nos tocó existir. Buda se iluminó para mostrarnos que se puede vivir en la verdad aquí y ahora, renunciando a las creencias y a los apegos.

Dice el filósofo y sociólogo Harmut Rosa: “la buena vida se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo… La mala vida es una vida alienada, puedes tener mucho dinero y relaciones, pero si pierdes la resonancia, acabas quemado”.

Esta mala vida es hoy la común; hostil e incomprensible, por la velocidad a la que transcurre. Nos deja sólo tres opciones: nos refugiamos en las adicciones y las relaciones destructivas, nos evadimos a través de la mentira del “tengo, ergo soy” o crecemos a partir de nuestra capacidad de resiliencia; es decir, elegimos sobreponernos a la adversidad, transformar el sufrimiento en un aprendizaje de vida y valorar lo que tenemos.

No corra para crecer, para alcanzar la buena vida, de nada le servirá, porque no se puede evolucionar de un estado a otro hasta que se ha experimentado y aceptado en su totalidad el estado en el que se está. Cada quien a su ritmo.

Un buen comienzo es tener la claridad de que se vive la mala vida.
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