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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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11 Julio 2020 04:02:00
La verdadera injusticia
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Entre los individuos, como entre las naciones, la herida abierta de la injusticia detiene cualquier tipo de progreso, porque sustituye el cambio real por un “reacomodo”, que da la falsa idea de estar a salvo del miedo, el peligro y el dolor.

Así como muchos seres humanos experimentaron en la infancia un evento doloroso que los dejó con el amargo sentimiento de haber sido objeto de una injusticia, los pueblos son susceptibles de padecer lo mismo como colectivo.

Mientras un niño es castigado por algo que no hizo, sin que su palabra tenga el menor crédito, un pueblo es conquistado por otro, evidentemente por la fuerza de la guerra o hasta el exterminio; también, en consecuencia, sin que su voz sea siquiera escuchada.

Los pueblos producto de una conquista llevan en la sique colectiva, en pensamiento y emoción, la herida de la injusticia cometida contra la parte que debió ser avasallada, para dar origen a lo que hoy son.

En sus relaciones de todo tipo y, de manera muy destacada, en su lenguaje, estos pueblos llevan siglos o milenios magullando la herida abierta, produciendo más desigualdad, desequilibrio, resentimiento social, y evidentemente, injusticia; es decir, perpetuando el sistema del cual han pretendido liberarse.

De ahí que sus luchas sociales, sus revoluciones, sus cambios de corriente política e incluso la alternancia en el poder de diversos partidos, no hayan podido solucionar la inequidad, la desigualdad, la discriminación o la pobreza.

¿A qué se debe esa reproducción del sistema, inmersa además en discursos y hasta verdaderos intentos de cambio? En primera instancia, a la falta de identificación del fenómeno. Ni siquiera tenemos conciencia de que eso está sucediendo. Como consecuencia, toda acción que se emprenda hacia el cambio será orientada por la misma forma de pensamiento producto de la conquista y los años posteriores en que esta se reprodujo bajo nuevos esquemas de poder.

La manifestación clara de este círculo vicioso es el reforzamiento constante de la desigualdad, la inequidad y la injusticia a través de expresiones verbales, y sus consecuentes conductas, que hacen énfasis en la desventaja histórica de algunos sectores de la sociedad. Incluso muchas de tales expresiones de carácter ofensivo. Ya no se oye frecuentemente, pero hay quien sigue usando la palabra “indio” como un insulto, y esa misma persona puede ser un activista de la igualdad en otros ámbitos, como el de género, por ejemplo.

Dice Laura Loaeza Reyes, investigadora de la UNAM, en su estudio Desigualdad e Injusticia Social: los Núcleos Duros de las Identidades Sociales en México, que “es difícil reconocer al otro como igual cuando su imaginario se ha construido sobre la base de connotaciones negativas, denigrantes, injuriosas, excluyentes, a través de categorías asociadas con diferencias socialmente construidas en las relaciones hombre-mujer, étnicas, de poder económico, de saberes socialmente valorados, etcétera”.

Esto quiere decir, mientras sigamos diciéndole “pobres” a las personas con menores recursos, oportunidades de progreso y marginadas respecto de las acciones de Gobierno, así los mantendremos. Estarán cautivos en una categoría “inferior”. Y no por la palabra misma, sino por la connotación despectiva que le hemos dado.

Mientras demos caridad en lugar de oportunidades, mantendremos y acrecentaremos la desigualdad. Mientras sigamos considerando que con una sola camisa, arroz, frijol y tortillas los más desfavorecidos tienen suficiente, estaremos echando sal a la herida de la injusticia y reafirmando su papel de eternos vencidos en la conquista por una mejor vida. Y eso solo le sirve al político que los necesita como votantes, no a la nación.

El cambio debe hacerse de raíz. Necesitamos reconocer la diversidad sin escalafones, hacer reivindicaciones desde un enfoque positivo, revalorando fortalezas, sin tratar a la gente como incompetente o incapacitada, intentando hacerles creer que con unos cuántos pesos regalados resuelven sus problemas, lo cual es, por cierto, tan ofensivo para su dignidad como la conquista misma.
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