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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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11 Junio 2018 04:00:00
La violencia como razón política
En tiempos políticos todo asesinato de figura pública es un acto político. Y cuando hablo de política, no me refiero al sistema de partidos, a los poderes económicos que los manejan ni a la manera como sus dueños toman decisiones.

Hablo del espacio de realización humana por excelencia y que corresponde a todo individuo ejercerlo por el solo hecho de vivir en sociedad.

Porque, como dice Hannah Arendt, cuando se olvida que la libertad, la felicidad y el poder deben ser públicos y no privados, “ha comenzado a tener sentido la funesta ecuación de poder y violencia, de política y gobierno y de gobierno y mal necesario”.

Cuando entra la violencia directa, no simbólica sino brutal y descarnada en la política y la aceptamos con asombro y estremecimientos pero esperando pasivos a que la autoridad la resuelva y sin exigir ni levantar la voz para que se detenga, corremos el riesgo de perder la libertad, corremos el riesgo de perder el mundo humano y nuestra misma humanidad.

El asesino estaba en el mejor escondite, porque estaba a la vista de todos, esperando a que el político se descuidara y que sus guardias de seguridad creyeran que no pasaba nada, porque sólo deben voltear para otro lado.

Cómplice voluntario o involuntario, la mujer lo llama para una selfie y ya está. Con tranquilidad, el asesino se dirige al político, empuña su arma y dispara. A la cabeza y con precisión profesional. Calibre 40, muy seguro y totalmente destructivo.

La razón de la violencia haciendo ganar a quienes no podían ganar y obligando a perder al proceso mismo y a la política de la democracia.

Independientemente de la organización a la que se adjudique el crimen o al método de la violencia política, debemos preguntarnos: ¿Como necesita ser ese individuo que no dudó un solo momento para apuntar, para disparar el arma que mató al político, descuidado y por la espalda?

En primer lugar, debe tener una limitación importante para distinguir su propia proyección de humanidad en el objeto al que va a disparar. Requiere sentir una distancia considerable entre la víctima y sus propios objetos queridos, familiares.

Pero también manifiesta tener una grave perturbación mental, teniendo por lo menos un grave trastorno de la personalidad antisocial.

Este individuo debe mostrar un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que no le importa violar los derechos básicos de los demás, las principales reglas o normas sociales de respeto a los otros, a la vida humana.

En él, debe ser notorio el fracaso para adaptarse a las normas sociales respecto al comportamiento legal, no teniendo problema en comprometerse a cometer un acto tan deplorable como ese asesinato.

No debe tener ningún problema en cuanto a mentir, cambiar de identidad, agredir a alguien para no ser atrapado, esconderse durante largo tiempo o bien, si lo necesita, estar a la vista de todos sin manifestar ningún tipo de ansiedad, despreocupándose por su seguridad o la de los demás.

Es posible que sea alguien poco tolerante a la frustración y fácilmente irritable y agresivo, caracterizado por una historia de agresiones constantes.

Es irresponsable hacia el trabajo cotidiano y si acaso tiene obligaciones económicas, no es regular en cumplirlas, dando mucho a las personas que le interesen, pero no de manera constante.

Y si usted cree que pueda tener remordimientos, no es así. El disfrute de obtener un beneficio personal y el reconocimiento de su organización supera con creces todo otro razonamiento.

Estos actos los recuerda con indiferencia o bien los disfruta relatando, siempre con justificaciones por el dañado causado.

Este trastorno comienza antes de los 15 años y es ocasionado por un patrón familiar en donde prevalece la violencia y, como la evidencia clínica indica, es la madre la que trasmite con mayor frecuencia tales patrones de violencia.

Pero su víctima tenía más valor que él. Ese político tuvo el atrevimiento de abandonar el hogar para enfrentarse con sus semejantes, en la escena de la política.

Porque para él, vivir la política era la mejor manera de vivir, en una vida libre, creadora y valiosa entre los semejantes.

Si queremos que la democracia sea considerada como la vía luminosa al futuro, no permitamos que su camino se cubra de sangre. No avalemos la violencia como razón política.
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