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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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09 Diciembre 2010 05:10:17
Llorones famosos
Llorones muy famosos ha habido entre nosotros. Don Porfirio no pudo contener el llanto cuando los bravos norteños le infligieron una fuerte derrota militar en Icamole. Lloró López Portillo -con lágrimas de cocodrilo, dijo la Oposición- cuando expresó su pena por el sufrimiento de los mexicanos pobres. En mis tiempos había profesionales de las lágrimas: Las plañideras y los declamadores.

Alcancé a ver todavía -sobre todo a oír- a esas mujeres que por unas cuantas monedas lloraban con gran eficacia en los velorios y sepelios. En tales ocasiones la viuda tenía la obligación de caer en un síncope, soponcio, telele, vahído o patatús para mostrar su dolor por la muerte del desaparecido. Sucedió en cierta ocasión, en mi ciudad, que la mujer no daba trazas de desmayarse, y eso que pasaba ya la media noche.

La capitana de las plañideras fue hacia ella y le preguntó: “¿A qué horas le va a dar el ataque, señora? Es que ya nos tenemos que ir”. En las nobles cantinas de Saltillo pude aún escuchar a esos desmelenados recitadores, vestidos siempre con un luctuoso y raído traje negro, que a cambio de una copa recitaban aquello de: “En un charco de sangre ahí estaba tendida, / para siempre callada, para siempre dormida...”, de Felipe Guerra Castro; o “El brindis del bohemio” de Guillermo Aguirre y Fierro, o “Por qué me quité del vicio” de Carlos Rivas Larrauri. En lo personal yo fui un niño muy llorón. Empecé a llorar desde que estaba todavía en el vientre de mi madre, según contaba ella.

Parece que ya sabía yo cómo iba a andar el mundo. Cobré temprana fama por mis tendencias lacrimógenas. Cuando me llevaban a visitar a mi abuelo, cuya casa estaba en la misma calle que la nuestra, lloraba todo el camino, y mi llanto llenaba la redondez del mundo. “Ahí viene Armando”, decía Goya, la criada de la casa. Y nos faltaban aún 100 metros para llegar. Mis tías tenían un perico. Nada les importaba la conseja según la cual las mujeres de la casa jamás se casarían si en ella había un cotorro. (A las solteras de madura edad se les llamaba “cotorronas”). El loro se aprendió aquello de: “Ahí viene Armando”.

Los pericos, ya se sabe, viven muchos años. Yo ya era adolescente, y cuando lloraba en la calle algún chiquillo el pérfido cotorro volvía a repetir la cantaleta: “Ahí viene Armando”. Reían todos, y me encalabrinaba yo. El diablo tenga en su perol al maldecido pájaro. Después fui poeta melancólico: “...De unos muslos dolientes broté / con el rostro de sangre manchado. / Desgarré una virgínea cintura; / destrocé un vientre cálido, / y sembré en la materna pupila / la amargura salobre del llanto...”. Luego la vida me enseñó que eso de llorar era una obviedad, de modo que me alejé de las lágrimas por algún tiempo. Pero ahora que soy abuelo tengo otra vez cerquita el agua, como dicen, y se me arrasan los ojos cuando veo que un nieto mío aprendió ya a caminar; o al oír a esta nieta pequeñita decirme “Tito” por primera vez. En la conversación de sobremesa me acuerdo de mis padres, y me levanto con cualquier pretexto, porque siento que se me van a salir las de San Pedro. Eso, debo decirlo, me apenaba mucho. Mil veces oí aquello de: “Los hombres no lloran”, una de las mayores falsedades que se han dicho urbi et orbe, y tenía a vergüenza lagrimear.

Pero he aquí que Mario Vargas Llosa, fiel a sí mismo, como siempre, lloró al decir su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Con él lloraron también quienes lo oyeron, mujeres y hombres por igual. Es el primer recipiendario, aseguraron quienes disciernen ese premio, que llora en la ocasión. Alabo a Vargas Llosa por sus lágrimas. Su ejemplo nos beneficia a los hombres; pues el don del llanto nos ha sido vedado injustamente. De aquí en adelante me propongo llorar en forma descarada cuantas veces lo amerite la ocasión. Le doy las gracias a ese lúcido escritor, tan libre de dogmas, tan razonable y razonador que es Vargas Llosa. Muchos servicios le ha prestado al pensamiento. Ahora le hizo un gran servicio al sentimiento... FIN.
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