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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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27 Noviembre 2016 04:00:00
Lagarto, lagarto…
“Yo no soy supersticiosa, porque ser supersticiosa trae mala suerte”, decía doña Catalina Gómez Salinas, mi abuela, y lo decía tan en serio que yo no reparaba en la paradoja que envuelve dicha frase y asumía que era cierto el no deber ser supersticioso porque eso me daría mala suerte, y para honrar la enseñanza de mi abuela empecé a revertir en mi mente el poder de las cosas que según la tradición eran de mala suerte, como pasar debajo de una escalera, ver un gato negro o romper un espejo, y las convertía en cosas de buena suerte; lo cual, transformaba tales hechos en una nueva superstición, ahora favorable.

Pero, ¿quiénes no tenemos alguna supersticioncilla a la cual acogernos de vez en cuando? Levantarnos de la cama con el pie derecho y del mismo lado; tocar madera cuando se habla de cosas desagradables, particularmente la muerte; salir de casa o entrar al trabajo con el mismo pie derecho; no pisar raya cuando caminas; persignarse tres veces ante determinadas circunstancias, incluso portar una cruz, no como reconocimiento de nuestra fe cristiana, sino como simple amuleto “para que me cuide”, y tantas otras cosas a las que pretendemos darle un poder mágico por alguna u otra razón.

Vinculada muchas veces a la religión misma, la superstición es una herencia romana en la que los adivinos eran llamados “supertitiosus” o personas que tienen una idea exagerada y desordenada de la religión –agrupación ordenada de creencias–. Aunque en realidad existe desde la aparición del ser humano, dado que este no podía en sus albores explicarse las cosas, le atribuía poderes mágicos a todo lo que no podía ser comprendido. Una persona supersticiosa cree necesariamente en el destino y su maleabilidad, y que este puede ser cambiado con ciertos rezos, hechizos y amuletos, por eso, hoy traigo a ustedes algunas supersticiones que tomé de aquí, de allá y de acullá, sólo para divertirnos y también para no darle a las mismas esa seriedad que a veces pretendemos al acogernos a ellas:

Agujas. No deben ser tocadas salvo para el uso destinado ya que se corre el riesgo de pincharse con ellas lo cual implica que mane sangre, la guardadora de la vida.

Brindar. Hacerlo con agua trae mala suerte. No beber lo brindado una vez hecho el brindis o no mirarse a los ojos durante el mismo traerá como consecuencia siete años sin orgasmos (no señoras y señores, cuando se tiene frigidez o disfunción eréctil esta no se cura brindando en exceso).

Cabello. Peinar a los malos espíritus ha dotado de magia a los peines y al acto mismo de peinarse. Dejar caer un peine conlleva una pérdida.

Despedida. Decir adiós muchas veces, trae como consecuencia no volver a ver a la persona de la cual nos despedimos.

Escoba. Barrer los pies, literalmente espantar la buena suerte. Si su mango se cae su propietario no ganará un buen sueldo o el dinero no le rendirá.

Funeral o ver coche de difuntos. Prohibido meterse en el cortejo o no dejarlo pasar porque puedes “jalar” la muerte hacia tu persona.

Guantes. Recoger uno ajeno implica una decepción, a menos que el dueño lo pida. Regalarlos es razón de riña o ruptura.

Hipo. Vinculado a la brujería, tenerlo era producto de las fuerzas del mal.

Iglesia. Aunque vinculada a la religión por antonomasia, para algunos el pasar frente a ella y no signarse implica mala suerte.

Jabón. Caer implica mala suerte al acecho, lo cual empeorará si este se rompe.

Llorar, en boda, cumpleaños o fechas especiales implica que el año subsecuente será de llanto dado que las emociones deben contenerse.

Mal de ojo. Es el súmmum de TODAS las supersticiones. Tan antiguo como la leyenda de la medusa. Hasta los años 50 del siglo pasado los barcos solían tener pintado un ojo o dos en el casco para evitar las miradas malignas.

Números. El 7, la perfección; el 13, a cuyo análisis podríamos dedicar un libro entero, implica la desgracia. El pánico a dicho número se llama trisdecafobia.

Oreja. Oír un pitido en el interior del mismo significa que alguien está hablando mal de nosotros. Se quita repitiendo mentalmente el nombre de nuestros conocidos y cuando acertamos al de quien lo hace, de-saparecerá el zumbido. Los griegos creían que la sabiduría se ubicaba en la oreja.

Pan. Sinónimo de abundancia. No debe ser colocado boca abajo en la mesa porque ello traerá escasez.

Sal. Antes se consideraba un buen escaso y apreciadísimo en oriente. No debe ser pasada de mano en mano, tampoco su contenedor. Los romanos pagaban con sal, de ahí el “salarium”. Entregar la sal a la esposa de otro era una gran ofensa entre los egipcios puesto que implicaba deseos de hacerle el amor a dicha mujer. En el cuadro de La Última Cena, de Leonardo da Vinci, Judas está derramando la sal, lo cual sugiere que la desgracia está pronta a llegar.

Teatro. Igualmente un universo de supersticiones. Prohibido vestir de amarillo y desear suerte. Tampoco se deben decir las frases con que acaba la obra en los ensayos o la misma no será exitosa. No se mira al público. Cero flores frescas antes de la función.

Vela. Si la llama es azul un espíritu ronda la casa.

Zapato. Debe ponerse SIEMPRE primero el izquierdo y al final el derecho. Pelé llevaba al pie de la letra dicha agorería porque además el primer trabajo que tuvo cuando niño fue de lustrador de zapatos.
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