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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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24 Septiembre 2017 04:09:00
Las dos caras de la tragedia
Las estrujantes escenas vistas por televisión en los últimos días evocan, guardando las distancias, los Cuentos de Nueva York de O’Henry, seudónimo de William Sidney Porter. En ese libro, el autor bucea en el corazón de la Gran Manzana y descubre que tras la máscara de aparente indiferencia  de la enorme aglomeración de personas, existen rasgos de bondad, amor y disposición, incluso, para sacrificarse en bien del prójimo.

Salvo sujetos pertenecientes a la escoria humana que aprovecharon la confusión para robar y asaltar, los capitalinos dieron muestras una vez más de su capacidad de unirse espontáneamente para salvar lo salvable debajo de las montañas de escombros. Es posible que al subir al Metro se empujen unos a los otros sin mayores consideraciones, pero en los momentos críticos se unen y responden para formar un maravilloso haz de voluntades. 

Escenas indelebles. Una muchacha delgada, apenas rozará los 20 años, pantalón negro y blusa sin mangas, formaba parte de una cadena humana pasándose de mano en mano baldes llenos de escombros. ¿De dónde sacaría fuerzas para realizar por puro afán de ayudar una labor tan dura? Sólo se me ocurre una respuesta que a algunos sonará cursi: del corazón. ¿Qué otra cosa pudo empujar al historiador Luis Arturo Salmerón Sanginés –a quien me enorgullezco de llamar mi amigo– a salir de su casa que resistió sin daño el terremoto, cruzar la Calzada de Tlalpan y unirse a un grupo de desconocidos para retirar escombros y salvar a dos personas atrapadas bajo la losa de un edificio colapsado? 

Otros, arriesgando sus vidas, entraron por resquicios imposibles para salvar una vida o recuperar el cuerpo de una víctima. Seres anónimos que no requirieron de un líder para organizar ese concierto de voluntades, en el que se incluyeron amas de casa dispuestas a llevar comida a los brigadistas, y hombres, mujeres y niños que se acercaban a los lugares de las catástrofes para colocar botellas de agua, medicinas, vendas, una pala, un pico, una sierra, una barra de pan.

Imposible no sentirse conmovido ante esas manifestaciones de solidaridad. Imposible no sentirse orgulloso de ser compatriota de seres de tan alta talla moral. Dentro del dolor de la tragedia brota el optimismo, porque un pueblo así es necesariamente invencible.

Sin embargo, la tragedia tiene dos rostros. Uno de ellos, los ejemplos de admirable solidaridad. Pero hay otro que debe mover a la reflexión, especialmente a las cúpulas del poder político. Los ciudadanos hacen su parte. Cumplen más allá de los dictados más exigentes del humanitarismo, y ahora esperan una respuesta de las autoridades. Exigencia hecha en todos los tonos y por diferentes medios de comunicación.

Y no se trata solamente de maldecir a un grupo de imbéciles diputados, quienes la noche del mismo martes cenaban en uno de los restaurantes más caros de la zona de Polanco. No. Las exigencias van más allá, mucho más allá, hasta la reducción drástica del dinero que se destinará a los partidos políticos en las elecciones del próximo año. También el presupuesto del Instituto Nacional Electoral, que recibe un presupuesto mayor al que se aplica para hacer frente a las catástrofes como las que han flagelado al país en  las últimas semanas.

La coyuntura vuelve indispensable revisar prioridades, pues si es tiempo de aplaudir, es también tiempo de reflexionar y actuar en consecuencia.
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