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Vicente Bello
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28 Agosto 2018 04:00:00
Las dos presidencias del Congreso General
Justo cuando está a tiro de piedra el comienzo del primer periodo ordinario de sesiones de la 64 Legislatura, en los territorios del Congreso de la Unión se ha decidido quiénes serán los titulares de las presidencias de las mesas directivas tanto de la Cámara de Diputados como de la de Senadores.

En el Senado de la República quedó confirmado el morenista Martí Batres como el que presidirá la mesa senatorial durante el primer año legislativo. Y Porfirio Muñoz Ledo, diputado federal de Morena, será el que lo haga en la Cámara de Diputados también en ese mismo lapso.

Morena será el partido político que controle las dos Cámaras. Esto solo ocurría con el PRI. Y tiene su especial importancia en ese comienzo de Legislatura y de sexenio porque será ese partido el que –a través de uno de sus legisladores, en este caso el ya legendario Porfirio Muñoz Ledo- le impondrá la banda presidencial a Andrés Manuel López Obrador el día en que Enrique Peña Nieto deje la presidencia de la República, el 1 de diciembre próximo.

Las mesas directivas de las dos cámaras cobraron importancia política a partir de la reforma de la Ley Orgánica del Congreso General de 1999. Una reforma que, coincidentemente, fue impulsada por legisladores que ahora vuelven para ser protagonistas de la historia contemporánea de México. Uno de estos, precisamente, es Muñoz Ledo.

En la reforma de entonces se acordó que para sustituir la maquinaria dictatorial que había construido el PRI para control político del Congreso, la Gran Comisión –que siempre, invariablemente, había sido presidida por un legislador priísta, quien a su vez era colocado allí por el presidente de la República en turno-, tenían que buscarse nuevas figuras de gobierno para las dos Cámaras.

Voltearon a mirar hacia la mesa directiva, que durante sexenios solo era una figura de postín.

Las directivas de las mesas directivas solo duraban un mes, y sus presidentes –en el Senado y en San Lázaro- no guardaban otra posición más que la de un ujier del presidente de la Gran Comisión.

La labor de las directivas de marras era para el desahogo de meros trámites legislativos y meros asuntos técnicos para el desarrollo de las asambleas. Y cuando se trataba de tomar decisiones que pudieran afectar a un grupo parlamentario o al sentido y tono del debate, los presidentes preguntaban la línea a seguir, sin rubor, a los presidentes de la Gran Comisión, que, casualmente, resultaban ser también los coordinadores del grupo parlamentario del Partido Revolucionario Institucional.

Por eso, cuando el PRI perdió por primera vez en su historia la mayoría absoluta (quedó con 242 curules), en la Cámara de Diputados, de 1997 a 2000, y una legislatura después también en el Senado, debajo de los 65 escaños, de 128, entonces la oposición consiguió arrancarle al sistema priísta una reforma a la Ley Orgánica del Congreso General.

¿Y quiénes conformaban aquella oposición? Pues el PRD –entonces coordinado nada menos que por Porfirio Muñoz Ledo- y el PAN, a su vez liderado por el guanajuatense Carlos Medina Plascencia, quien de un retiro de la política ahora ha vuelto.

Fueron los años en que floreció ese páramo añoso en que convertido estaba la Cámara de Diputados. Ahora, como pintan las cosas, pareciera que se convertirá en un jardín democrático.

La oposición recalcitrante, insufladora, de entonces, la del PRD, hizo que la mesa directiva pasara a convertirse en una real figura de gobierno, y sus directivas pasaron de un mes a un año de duración.

Con el paso de las legislaturas, la mesa directiva volvió a caer en una parsimonia inducida por el PRI y el PAN, aunque no llegó a la ignominia en la que la tenía la Gran Comisión.

El PRI tironeó hacia sus intereses colocando con los años a la Junta de Coordinación Política sobre la mesa directiva, en ambas cámaras.

La Junta fue en la reforma de 1999 la otra gran figura de gobierno que crearon los partidos políticos, y los que la integraban no otros que los coordinadores de los grupos parlamentarios.

Terminó siendo la Junta, en cuando menos estas dos últimas legislaturas, el fiel de la balanza en ambas cámaras. Las decisiones políticas más importantes y sensibles para el país fueron tomadas por la Junta de Coordinación Política; decisiones que solo comunicaba a la mesa directiva, que solo procedía a seguir la línea que aquellos dictaban.

Y al interior de la Junta, fue el PRI el partido que terminó haciéndose del control, con apoyo siempre del PAN y con el decantado PRD a favor de Enrique Peña Nieto, a partir de la 61 Legislatura.

Fue el trío conformado por el PAN, PRI y PRD los que dictaron la línea a las mesas directivas para la construcción de caminos hacia las reformas que ellos dieron en apodar estructurales.

La oposición a estos tres hacía unos corajes entripadísimos. Puras trapacerías, chicanerías legislativas y mucha mala leche salían de los dos órganos de gobierno. Hay actualmente, por cierto, legisladores que aseguran que si existiera en México un Poder Judicial auténticamente independiente, bastaría con que se revisara la práctica legislativa que perpetraron el PRI, PAN y PRD en la 61 y 62 Legislaturas, para echar para atrás muchas de esas reformas constitucionales catastróficas para el pueblo de México, como aquella de la reforma energética, envilecida hasta las cachas por priístas, panistas y perredistas.

Veremos qué sucede con estas mesas directivas, que ahora controlará el partido que también ostentará la presidencia de la República.
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