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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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06 Mayo 2018 04:00:00
Las elecciones y la crisis del Estado
La reforma que proclamó Martín Lutero en el siglo 16 tuvo repercusiones políticas de gran magnitud, que se revelarían con plenitud al siglo siguiente, cuando, tras la “guerra de los 30 años”, surgió el modelo de organización política que, con algunos rasgos de diferenciación accidental, conocemos hoy como “Estado”.

Ese modelo de Estado dio muestras de ser suficientemente flexible y dúctil como para estructurar sociedades con orientaciones ideológicas tan disímbolas como la U.R.S.S. y los Estados Unidos de América, o todas las que en la historia posterior a su nacimiento fueron fincadas en el absolutismo o la democracia.

Para que el “Estado” estuviera dotado de capacidad para cumplir con la función mencionada, el poder de que se le consideró dotado, la soberanía, quedó definido, desde que Bodino se refirió a él en los Seis Libros de la República, como irresistible hacia el interior e independiente hacia fuera.

Desde entonces y, teóricamente, aún en nuestros días, la asociación entre soberanía, comunidad y territorio era indiscutible, pero los cambios que el mundo ha experimentado desde la revolución tecnológica auspiciada por el desarrollo telemático, eso ya no puede afirmarse.

En primer lugar, porque la universalización o mundialización de los fenómenos sociales, incluidos los económicos, los políticos y los cultural-normativos, ha generado un nuevo sistema social de amplitud mundial.

En segundo, porque la influencia de los actores relevantes en el factor económico –el primero que tuvo acceso al espacio global– ha pretendidito que el mercado mundial sustituya al quehacer
político.

En tercero, porque la globalización no es otra cosa que el conjunto de los procesos en virtud de los cuales se han ampliado los límites impuestos al sistema social, hasta prácticamente desaparecer para configurar un sistema político global, en el que los estados, las naciones, las grandes corporaciones, los organismos económicos internacionales y otros actores se entremezclan al involucrarse en la pugna por el poder, que, como siempre, genera alianzas entre ellos.

Esa circunstancia ha propiciado una verdadera mundialización de patrones comunes de vida y modos compartidos de responder a los estímulos del ambiente, lo que sin duda constituye una muy relevante revolución cultural.

Se han abierto vacíos que es imposible cubrir para el estado –cualquiera que este sea– y se han configurado redes de poder que actúan en y sobre el entorno mundial, configurando un sistema político global que, para peor, actúa disociado de todo límite normativo, imposible de configurar en ese ámbito a partir de los modelos generadores de normas jurídicas que hasta hoy han imperado.

Hacia el interior –en México específica, aunque no exclusivamente– también se ha menoscabado el poder simbólico de la autoridad, a la que poco respeto se muestra. A ello ha contribuido, sin duda, la incapacidad global del estado para cumplir su función garante de los derechos y libertades iguales de toda persona comprendida en su comunidad de base, pero también el contumaz abuso del poder y la laxitud con que se contemplan los límites e imperativos impuestos por la Constitución y las leyes.

La excesiva esperanza puesta en la presidencia –una presidencia abstracta, que se imagina omnipotente, casi mítica, ajena a las limitaciones y capacidades humanas de quien la ocupe, como es la que parece esperarse masivamente– aunada a una cultura política caracterizada por la concentración reforzada del poder –de la periferia al centro y, ya en este, en el Poder Ejecutivo– pinta un panorama sombrío, sobre todo cuando se atiende a un proceso electoral como el que se tiene enfrente, ayuno de propuestas concretas, sustentadas y fundadas.

La crisis del Estado, en el contexto descrito, afecta en todos los frentes las decisiones políticas, y no se percibe información suficiente entre quienes deberán elegir este año para que lo hagan con certidumbre racional y no
emocionalmente.

Lo peor del caso es que “a río revuelto, ganancia de pescadores”, los de adentro y los de afuera, que a fin de cuentas pueden ser, en el fondo, los mismos.



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