×
Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
ver +
Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

" Comentar Imprimir
24 Febrero 2019 03:55:00
Las falacias en la política
En toda actividad social la comunicación es imprescindible. Compartir los códigos conceptuales es básico para entender los mensajes e ideas destinadas a establecer relaciones claras, que permitan el libre y consciente acceso a los acuerdos necesarios para establecer plataformas comunes.

Eso -que es válido lo mismo para las relaciones jurídicas, que para las transacciones económicas y otros intercambios sociales- es especialmente relevante en el campo de la política, una actividad que gira en torno del ejercicio del poder, es decir, de la capacidad de convencer a los integrantes de una comunidad de que ir juntos hacia un destino determinado es bueno, por justo y conveniente.

Por eso es tan importante que aquello que se comunique por quienes ejercen el liderazgo se exprese a través de propuestas claras y bien fundadas, para que cumplan con su finalidad de comunicar con corrección material y formal. Así, los destinatarios entenderán bien lo que se propone y podrán evaluarlo y optar libre y conscientemente por acceder al acuerdo o rechazarlo.

Aunque no se perciba a golpe de vista, el vehículo para establecer ese diálogo es siempre argumentativo, por lo que no está de más tener en cuenta que un argumento es una “serie de razones articuladas (premisas) que se aportan con el propósito de justificar o sostener otra (llamada conclusión”, tan clara como concisamente expone Ricardo García Damborenea (http://www.usoderazon.com/).

Los argumentos sirven, dice también, “para sostener la verdad (verosimilitud, conveniencia) de una conclusión”. Todo buen argumento ha de partir de premisas verdaderas y transitar hacia la conclusión mediante inferencias que garanticen, por bien justificadas, la corrección en el planteamiento.

Con frecuencia, sin embargo, los argumentos son construidos mal, “con lo que su finalidad no se alcanza”. Por infortunio, no es infrecuente encontrar “argumentos aparentes”, cuya consecuencia es engañar, distraer o descalificar al adversario.

Esas formas de argumentación que encierran errores o persiguen fines ilegítimos, son conocidas como falacias, de las cuales el autor citado incluye, en su diccionario, las que considera más frecuentes. De ellas, a guisa de ejemplo, entresaco un par que aquí, allá y acullá, es fácil distinguir en el quehacer de conducir los destinos de las diferentes “polis” que en el mundo existen y han existido.

Ese par es el que componen las falacias llamadas “ad hominem” y las que se conocen como “muñeco de paja”. Ambas categorías desvían la atención del asunto que se discute hacia la persona del adversario o sus circunstancias. Ambas se basan en el hecho de que el valor persuasivo de una persona descansa, determinantemente, en su prestigio, especialmente en los casos dudosos o cuando se trata de sostener afirmaciones basadas en conjeturas, o son de plano indemostrables.

La primera se refiere a la elusión de la cuestión debatida, enderezando la respuesta contra la persona que lo formuló, con la intención, precisamente, de descalificarla, y no contra los elementos del argumento que habría que refutar.

La segunda, a la creación de un personaje irreal, al cual, sin necesidad de nombrar a nadie particularmente identificado, se le achaquen las culpas, errores y descalificaciones que, en el caso anterior, tenían un objetivo preciso.

“La difamación es tan frecuente en la vida pública -dice García Damborenea- porque los políticos comprenden instintivamente la necesidad de arruinar el crédito moral de sus adversarios. En un dirigente sin prestigio los argumentos parecerán argucias, las emociones farsa, y la sinceridad, hipocresía”.

Muchas categorías más de falacias existen y todas ellas caben -unas más, otras menos- en el ámbito de lo político, pero estas dos son especialmente frecuentes. En la política, no importa dónde ni cuándo tenga lugar, la pugna por ensalzar la imagen propia y desprestigiar la ajena es un ardid muy socorrido.

Lo cierto es que, por inducir al error, vengan de donde vengan, esas y cualesquier otras falacias resquebrajan el pacto social, incluso uno bien fincado; por eso resulta ineludible guardarse de su amenaza y sería imperdonable dejar de hacerlo.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2