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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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28 Agosto 2017 04:00:00
Las ganas de suicidarse
Cuatro suicidios en menos de 24 horas es todo un récord para nuestra ciudad. Con pocas horas de diferencia se presentó esa serie, sin tener conexión entre sí.

No se trata de una epidemia o de acciones por contagio al estilo del Efecto Werther, ese fenómeno en el cual por el suicidio de un joven popular y atrayente, se inicia una serie de muertes autoinfligidas entre sus admiradores, porque el imaginario social suele construir la falaz idea del contagio de las emociones y la comunidad entra rápidamente en pánico.

Se trata más bien de un agravamiento de ciertas condiciones sociales, como la desintegración familiar, las presiones económicas y las altas expectativas que cada clase social exige a sus integrantes, generando estresores que pueden hacer daño en la búsqueda de la autorrealización, inhibida porque no se logran satisfacer las necesidades más básicas que, a decir de Maslow, si no se satisfacen, surgen las metapatologías, volcadas en conductas de cinismo, frustraciones, depresión e invalidez emocional.

Como dicen todos los personajes que, sabiendo o no, declaran en la prensa sobre el tema, el suicidio es un fenómeno multicausal. Y aunque es verdad, hay diferentes paradigmas explicativos para entenderlo.

El menos conocido es el de la sociología clásica del francés Émile Durkheim, que nos mostraría por qué los cuatro suicidios no están provocados por las mismas causas, sino que son diferentes desde su clasificación, que, por cierto, fue pionera en el estudio de este fenómeno social.

Podríamos catalogar el suicidio del joven de 25 años que se colgó de la regadera del baño como un caso de muerte egoísta, por sus vínculos sociales demasiado débiles para comprometer al joven con su propia vida.

Otro suicidio, el de Alberto Cruz Jiménez, de 78 años, quien fue encontrado suspendido en la escalera con una cuerda enredada en su cuello, lo podríamos considerar un suicidio altruista, porque el hombre padecía de enfisema pulmonar y ya no podía valerse por sí mismo, liberando con su muerte a los familiares de una carga que él consideraba cada vez más pesada.

En cambio, José Eduardo Chávez, de 20 años, quien tenía cuatro días de haberse casado, no resistió los problemas con su esposa y se quitó la vida ahorcándose con una sabana que ató a su cuello en el patio de su casa. Este es un caso de suicidio anómico, porque sus lazos de convivencia se hallaban en situación de desintegración, de anomia, y él no lo soportó.

Y finalmente tenemos la muestra de un suicidio fatalista en la joven Reina de Jesús Sánchez, de 23 años, quien se ahorcó en su recámara con una cuerda que ató a una ventana, decisión producida quizá por reglas demasiado férreas, de modo que quiso abandonar la situación en la que se hallaba.

Pero nadie llega al suicidio sin la presencia de factores internos, personales, que los cuatro tuvieron que experimentar: condiciones de soledad interna profunda, incomunicación afectiva, pérdida de expectativas y de su proyecto vital, una autoestima baja o severamente lesionada, falta de disfrute de las cosas de la vida, tendencia a la autoagresión y, por supuesto, un estado de depresión con algún tiempo de presencia.

Sin estas condiciones reunidas, el paso al suicidio no se realiza, así que aquellos que sostienen que es un acto de cobardía no tienen ni la más mínima idea de lo que se trata.

Estamos viviendo en una sociedad que simula establecer programas de prevención al suicidio, pero que no los realiza por falta de seriedad política, por ineficiencia en las instituciones que lo operan y porque no se ha difundido suficientemente la información hacia la familia, para que las personas que quieren y rodean al suicida elaboren la carta de diagnóstico previa y que conozcan las instituciones adecuadas en dónde pedir ayuda a los profesionales que le podrán salvar la vida.

Falta investigación sobre sus causas concretas en la entidad, pero las aproximaciones serias al fenómeno no han sido tomadas en cuenta con la misma seriedad que han sido hechas.

Si las declaraciones de los funcionarios tuvieran el efecto que ellos suponen, ya no tuviéramos un solo suicidio en la entidad, pero se requiere de establecer políticas públicas preventivas reales, exigencia social que parece no importar, porque estos muertos tal vez sólo sean daños colaterales sin mucha significación estadística.
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