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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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14 Diciembre 2016 04:00:00
Las lecciones son más efectivas con hechos reales
“No es suficiente dar a los niños conferencias sobre los valores: necesitan practicarlos, lo que ocurre cuando los niños construyen las habilidades sociales y emocionales esenciales. En este sentido, la alfabetización emocional corre pareja con la formación del carácter, del desarrollo moral y de la conciencia ciudadana”. Esta reflexión de Daniel Goleman, la cual forma parte de su ensayo sobre la inteligencia emocional, sintetiza con brillantez la importancia de que los menores conozcan los valores, descubran su significado y palpen su importancia a partir de vivencias; de casos en los que se les involucre.

Traigo a cuento esta cita porque ayer, durante el Kilómetro del Juguete, la colecta decembrina que organizamos en Generación en Marcha, constatamos un hecho que amerita ser compartido. Como cada año, muchos de los donadores son niños, quienes, por lo general, acompañados de sus papás o alentados por sus maestros, se desprenden de algunos juguetes –sus tesoros más preciados– para que sean regalados a niñas y niños en situación de pobreza. Como conocen el destino que tendrán, es común que se den el tiempo para escribir una pequeña carta o mensaje que esperan sea leído por otros niños como ellos, pero que, por alguna razón –que la mayoría de ellos aún no logra comprender– no han tenido su misma “buena suerte”.

Este año, entre los juguetes que se recibieron en el módulo central de acopio llegó un pequeño empaque que contiene un propulsor de pelotas de plástico y que en el exterior tiene adherido un papel con este mensaje: “Quiero decirte que tengas una buena Navidad llena de optimismo y felicidad y aunque las cosas se vean mal tu siempre sonrie. Con cariño: Javier”. A juzgar por la letra y el lenguaje, el remitente es un niño, tal vez de entre 5 y 10 años, que quiso hacer llegar un regalo a otro. El mensaje lo leímos por lo menos una docena de voluntarios. El de Javier será un presente no sólo para un niño que enfrenta carencias materiales, sino que lo ha sido para quienes nos percatamos de sus palabras y nos hemos emocionado al constatar su empatía y sensibilidad. El efecto es grandioso. Se trata de un niño emocionado emocionando a muchas personas.

Las emociones influyen sustancialmente el pensamiento, las decisiones y acciones. Su manejo determina la calidad de vida. Para Goleman, las habilidades que configuran la inteligencia emocional pueden designarse con la palabra “carácter”. El carácter de una persona determina su tipo y grado de inteligencia emocional. El comportamiento de Javier frente a un fenómeno que lacera tanto la dignidad y que probablemente apenas está descubriendo, como lo es la pobreza, significa la exteriorización de sus sentimientos y emociones, las que han sido inspiradas, motivadas, enseñadas –principalmente mediante el ejemplo– por las personas con las que convive la mayor parte del tiempo. Goleman cita a John Dewey para reforzar la idea de que una educación moral es más efectiva cuando las lecciones se imparten a los niños durante los hechos reales, no sólo como cuestiones abstractas; modelo al que él mismo denomina “de la alfabetización emocional”.

Que los niños conozcan la realidad que los rodea es vital para forjar la conciencia de las nuevas generaciones. De acuerdo con UNICEF, actualmente hay en el mundo cerca de 400 millones de niños que viven en situación de pobreza extrema; mientras que, en el caso de México, la cifra supera los 4 millones, y se alza por encima de los 20 millones en el caso de los menores en situación de pobreza (no extrema). Superar la indiferencia y romper el injusto círculo intergeneracional de la pobreza, lo que significa una enorme dificultad, es deber de todas las personas, sobre todo de quienes acumulan mucho dinero. Que un niño participe conscientemente en una actividad altruista, aunque está claro que con ello no se resuelve de fondo este problema, puede ser un muy buen primer paso, con profundas consecuencias personales y sociales positivas.

Goleman lo refleja así: “Ser capaz de dejar de lado el enfoque sobre uno mismo, y de controlar los impulsos, rinde beneficios sociales: allana el camino hacia la empatía, a escuchar con atención, a ponerse en el lugar de otro. La empatía, como vimos, conduce a interesarse, al altruismo y a la compasión. Ver las cosas desde la perspectiva del otro rompe los estereotipos preestablecidos, y promueve así la tolerancia y la aceptación de las diferencias”.

Para el filósofo Rick Warren, realmente la única forma de vivir es teniendo propósitos, razones de peso que dan sentido a la vida y que permiten a las personas ir más allá de sólo existir. Señala que para ello lo primero que debe hacerse es resolver estos asuntos básicos: “¿Quién soy?”, “¿Importo yo?” y “¿Cuál es mi lugar en la vida?”. Asumir como propias las limitaciones de los demás, desarrollar la empatía, practicar el altruismo y alentar a los niños a que lo hagan, produce emociones positivas que ayudan a las personas a responder de modo conveniente estos planteamientos, y que van configurando un carácter equilibrado, indispensable para una vida en armonía. Hagamos la prueba.
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