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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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13 Abril 2018 04:00:00
Las letras de mi nombre
“Por el registro extemporáneo se le impuso al compareciente una multa que cubrió en la Tesorería Municipal”. Así dice mi acta de nacimiento seguida del nombre de mi padre. Soy el cuarto hijo de un médico de pueblo que viene de una familia numerosa: tres hermanos de una familia se casaron con tres hermanas de otra y algunas tías parieron hasta 20 hijos, primos y tíos que tienen dos nombres, como se acostumbra en mi familia, por lo que la repetición puede ser un exceso.

Mi papá no quería que eso sucediera conmigo, quiso que su último hijo llevara un nombre nuevo y no le importó que mi madre hubiera resuelto llamarme Luis Fernando, como su único hermano. A mi papá le sonaba pomposo e imperialista, por lo que hizo consenso con sus tías que, para ese entonces muchas eran viudas y como reza la costumbre familiar, vestían de negro desde el día de su viudez hasta el de su muerte. Ellas, como cuervos sabios, opinaban alrededor de mi cuna.

El nombre marca a las personas, les delinea el destino, puede hacerlos únicos o dueños de una “patente”, como es el caso de Gabo, después de leerlo, uno se refiere a él como si fuera parte de la familia. Lo mismo sucede con los apodos que también se heredan, a mi mejor amigo de la universidad le decíamos “Pollo” y pocos sabían que se llama Alfredo Castellanos, ahora a su hijo mayor también así le dicen.

El absurdo del destino, como los vástagos de Pedro Páramo, es cuando los hijos no saben cómo se llamaba su padre. Les pasó a los Rulfo, cuando se enfrascaron en un pleito con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que cada año otorga el galardón Premio FIL, antes llamado Premio Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, perdieron la demanda por no poner en los documentos oficiales el verdadero nombre del escritor: Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.

Peor dilema de apelativos hemos padecido, al no saber “bautizar” espacios públicos, teatros o museos y los denominamos con nombres genéricos: Auditorio Nacional o Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México resumido en AICM, aunque se llame Benito Juárez.

El colmo ha sido en los últimos años, teatros, auditorios y museos llevan por nombre las marcas de otros liderazgos, no el de artistas, científicos y próceres: Centro Banamex, Auditorio Telmex, Arena Monterrey. No me extrañaría que pronto haya una Plaza Jabón Roma, un Pasaje Durex, una Universidad Bimbo.

Lo difícil es encontrar una palabra que determine, constituya y defina. Acertar el nombre adecuado para un libro, un poema o para cada columna. A mi padre le sucedió conmigo. Habían transcurrido seis meses desde mi nacimiento y yo seguía sin bautizar, sin registrar y sin nombre. Tan preocupante era el asunto que Carlota, mi abuela materna, me llamaba Sotero como el santo patrono del día en que nací.

Fue hasta que terminaron de recorrer más de 100 años del árbol genealógico familiar, que dieron con mi nombre, no había ningún Rodolfo en mi parentela. “¿Y el segundo?”, preguntó mi tía Pachita. “Suficiente”, respondió mi mamá, “o peor multa nos van a poner, si nos cobran cada letra extemporánea de sus nombres”.
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