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Arturo Guerra LC
Arturo Guerra LC
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14 Mayo 2017 04:04:00
Las obras de arte
Estamos acostumbrados a que una obra de arte sea el cuadro de un paisaje o la catedral de una ciudad o la escena de una película o el sonido de una sinfonía o el párrafo de un escritor.

Una obra de arte suele emocionar al corazón humano al conectarlo de manera misteriosa al corazón del artista que supo captar y comunicar algo. Nuestras obras de arte, que son maravillosas, son esfuerzos más o menos tímidos de reflejar con corazón humano un pedacito de la realidad enorme que nos circunda. Y esa realidad enorme nos trasciende y no es duplicable.

Detengámonos ante un colibrí. ¿No será que estamos ante una obra de arte, y que encima crece, vuela y se reproduce?

Imaginemos que vamos por las galerías de un museo enorme y en una sala nos topamos con un colibrí en su jaula dándole duro al alpiste... Nuestra presencia le distrae, inicia pequeños vuelos nerviosos y vuelve a detenerse. El guía nos sugiere: “observen sus colores: ese verde, ese azul y el gris, y cómo se mezclan cuando vuela; escuchen la armonía de su canto; miren en la pantalla de su derecha cómo aterriza en cámara lenta para volver feliz a su
alpiste…”

Y en la sala siguiente vemos un rosal lleno de rosas blancas y el guía casi suspira: “ah, ¡el rosal y sus rosas!; ¿qué tienen el rosal y las rosas que llevan siglos inspirando infinidad de sentimientos de generación en generación? Respiren hondo y descubran el aroma milenario de este arbusto dador de rosas. Acérquense a una rosa y contemplen la conexión maravillosa de sus pétalos. Toquen con su índice la textura de un pétalo. Y con las espinas, ¡cuidado!, esas mejor véanlas de lejecitos…”.

Y más adelante, en una sala enorme, encontramos una montaña en su hábitat, al verde vivo… Nuestro guía entusiasta nos advierte: “estamos llegando justo a tiempo, el sol se pondrá y presenciaremos el atardecer, vean cómo las tonalidades del cielo evolucionan e impactan en los colores de la montaña, observen la marcha lenta de la niebla y respiren el aire húmedo”.

¿Quién de nosotros pudiera diseñar, construir o crear un colibrí así, un rosal así, una montaña así? ¿No superan el colibrí, el rosal y la montaña todas nuestras obras de arte?

Pero no interrumpamos nuestro tour. Lleguemos hasta el final. Ya casi de salida vemos a un artista en su estudio, metidísimo en su último cuadro, y con una taza de café humeante sobre una mesita al lado del caballete. Nuestro guía -ya algo ronco de tanto hablar- nos explica: “pues es fulanito, desde niño le gustaba dibujar, se ha convertido en el mejor pintor de la región y crea cuadros increíbles y maravillosos que se exponen en los cinco museos más prestigiosos del mundo. Lean en estas manos y en este rostro su pasión por el arte y su paciencia. Este artista quiere terminar este cuadro antes de que nazca su primer hijo porque quiere dedicárselo, y la mamá va por el octavo mes. Por favor, no interrumpamos su trabajo y caminemos
sigilosamente”.

¿Qué o quién estará detrás del colibrí, del rosal, de la montaña y del artista?

Si decimos que la casualidad, o que así nomás, o que el universo se originó a sí mismo, o que quién sabe, en realidad no queremos ir al fondo de la cuestión…

Por lo pronto, algo queda claro de todo esto: los seres humanos tenemos algo de artistas.

¿No será que somos hijos de un artista?...
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