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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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23 Septiembre 2018 04:01:00
Las ovejas negras
“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada.

“Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

“Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

El tan célebre cuanto ácido texto de Tito Monterroso adquiere en estos días una vigencia abrumadora. Hoy vemos cómo, sin levantarles estatuas ecuestres, las ovejas negras de ayer, que fueron perseguidas y hasta asesinadas, son reivindicadas y adquieren categoría de héroes.

Bastan dos ejemplos: la decisión de los diputados federales de inscribir con letras de oro en los muros de la Cámara baja la leyenda “Al movimiento estudiantil de 1968” en memoria de los jóvenes asesinados el 2 de octubre de ese año en Tlatelolco. Pero no solamente la mayoría de los diputados morenistas, considerados de izquierda, cumplen puntualmente con el texto-premonición de Monterroso. También el Gobierno practicó el arte de la escultura, aunque sea únicamente retórica, a propósito del décimo aniversario de la muerte de Gilberto Rincón Gallardo, incansable luchador social, que estuvo preso muchas veces por la intransigente expresión de sus convicciones políticas.

Pronto se cumplirán 50 años de la matanza de Tlatelolco, sangriento final del movimiento estudiantil. En aquella ocasión, en su informe de gobierno, el presidente Gustavo Díaz Ordaz justificó ese acto de incomprensible salvajismo reputándolo de patriótico. Ahora los estudiantes sacrificados, las ovejas negras de ayer, son venerados como mártires de la democracia.

Cinco décadas –la mitad del tiempo del que habla Monterroso– convirtieron lo que se llamó oficialmente en su momento una revuelta juvenil organizada para desestabilizar al país en víspera de la celebración de las Olimpiadas, en actos no solamente dignos de encomio, sino de reconocimiento permanente.

El caso de Gilberto Rincón Gallardo, a quien también se ha homenajeado últimamente, es de un paralelismo impresionante con lo ocurrido al movimiento del 68, a raíz del cual él, acusado de agitador, fue a parar a una de las celdas del Palacio de Lecumberri donde permaneció varios años.

Miembro del entonces proscrito Partido Comunista Mexicano, Rincón Gallardo participó en numerosas luchas sociales. Etiquetado como enemigo del sistema –sea lo que sea lo que eso signifique– sufrió la persecución del aparato gubernamental, representado tanto por fuerzas policiacas como militares.

Sin embargo, jamás claudicó, pero a raíz de que la Unión Soviética aplastara brutalmente los tímidos brotes autonómicos de Checoslovaquia durante la llamada Primavera de Praga, la decepción que le causó el comunismo acabó conduciéndolo del marxismo-leninismo a una suerte de socialismo democrático. Desde esa nueva trinchera continuó su lucha, enfocándose en el combate a la discriminación.

El movimiento del 68 y Gilberto Rincón Gallardo merecen, por supuesto, la reivindicación y los homenajes organizados en su memoria. Tanto los muchachos inconformes de hace 50 años como Rincón Gallardo ayudaron a construir, aun a costa de su propia vida o con la pérdida de su libertad, un mejor país. Sólo esperemos que los homenajes de los que justamente son objeto adquieran categoría de lección sobre las distorsiones de visión que suele provocar el poder. Ya hemos tenido suficientes ovejas negras.  
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