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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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10 Septiembre 2017 04:00:00
Las razones de la impaciencia
Una serie de destellos semejantes a los de la aurora boreal iluminó el cielo la noche del jueves 7 de Septiembre. Atemorizados, los habitantes compartieron a través de redes sociales el presagio del sismo que sacudiría principalmente a Oaxaca, Chiapas, y entidades aledañas, así como edificios y monumentos en la Ciudad de México.

Una noche de horror. Según datos proporcionados por el gobierno, el sismo es el de mayor magnitud registrado en los últimos 100 años: 8.4 grados en la escala de Richter. Se desconoce el número total de víctimas y daños materiales que afectan principalmente a las personas de escasos recursos.

Los mexicanos estamos adoloridos por esta enorme desgracia. También impacientes. Las razones son muchas y muy complejas. La ancestral paciencia de un pueblo que rehúye la responsabilidad de tomar las riendas de su propio destino, de pronto se ha agotado.

Las redes televisivas han mostrado la cara oculta de México: Los supervivientes de un mundo que durante siglos han sido condenados a la soledad y al olvido. Cabañas indígenas sumergidas en la oscuridad del paleolítico, suelos duros, hambre nunca saciada, pies descalzos. Enfermedades, hogueras que deben encenderse frotando dos maderos. ¿Cómo conciliar ese mundo lejano con el civilizado paraíso al que unos cuantos se han acostumbrado?

Los economistas afirman que México es un país de contrastes: Un puñado de multimillonarios y muchos millones de pobres. El desarrollo de una nación es incompatible con la desigualdad ofensiva, con la pobreza que cancela oportunidades y esperanzas. Las cámaras captaron la tremenda pobreza en que vive un gran número de las personas afectadas por el sismo. ¿Cómo limpiar escombros y levantar de nuevo las chozas destruidas por el sismo? ¿Cómo protegerse de la crueldad de vivir a la intemperie? ¿Y los niños?

La justicia social es el primer paso de una nación que ha optado por la democracia. El Pacto Contra la Pobreza exige un cambio de actitud de todo el pueblo de México: De los que tienen y de los que nada poseen. ¿Cruzan la frontera porque allá sí les pagan y allá sí trabajan? Se acabaron los tiempos en que unos hacen como que pagan y otros como que trabajan.

El Pacto Contra la Pobreza fue propuesto para asegurar que los sectores más necesitados tuvieran acceso a los servicios básicos de salud, alimentación, vivienda, educación, infraestructura y demás factores que se requieren para asegurar un crecimiento económico sostenido. Este Pacto no consiste en el trabajo de un solo hombre: El Presidente. Este pacto nos compromete a todos los mexicanos, especialmente aquellos al frente de puestos gubernamentales.

El Pacto Contra la Pobreza exige, además de lo citado anteriormente, el otorgar créditos rurales, desarrollo regional, atención jurídica gratuita y generación de empleos para asegurar un crecimiento económico sostenido. Éste Pacto es completo y ambicioso, y no es trabajo para un solo hombre. Es trabajo de todos los que nos decimos mexicanos.

Cuando una nación padece las consecuencias de errores cometidos en administración y en política, sus habitantes buscan un culpable: El gobierno. Pero por ahí dicen que todo pueblo tiene el gobierno que merece. El dicho popular encierra una gran verdad.

El nacimiento de una nueva patria se da con la progresiva ampliación de la conciencia de sus habitantes, comprometidos con el ideal de la justicia social. Si estamos sentados en una tierra de leche y miel, ¿por qué no administrarla de manera eficiente y justa?

La nueva cultura por nacer deberá ser capaz de proporcionar soluciones adecuadas a las necesidades actuales. La primer regla de una nueva cultura es: “La mejor clase de ayuda es la que capacita a los que la reciben para dejar de seguirla necesitando.”

Las razones de la impaciencia son muchas, ciertamente. Pero junto con el sismo, llegó la hora de despojarnos de nuestra desesperanza, de tomar conciencia de todo el valor de nuestra patria, de las tremendas oportunidades de progreso que pueden estar a nuestro alcance si nos atrevemos a ponernos de pie.

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