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Sylvia Georgina Estrada
Sylvia Georgina Estrada
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30 Marzo 2014 04:01:29
Las revelaciones de Alice Munro
El cuento es “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”. Esta sentencia de V.S. Pritcher la recoge el norteamericano Raymond Carver en su ensayo “Escribir un Cuento”; una descripción que se ajusta perfecto a la sensación que provoca leer la obra de Alice Munro, la reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura.

La obra de la canadiense no era muy leída antes de ganar el máximo galardón de las letras, un hecho que se debe a que en estos tiempos las editoriales apuestan por la publicación de novelas, dejando en un segundo plano a la narrativa breve. Al respecto, la propia Munro señaló, en una entrevista para una televisora de Canadá, que el premio podría “hacer ver a la gente que el cuento corto es un arte importante, no algo con lo que uno juega hasta tener una novela
escrita”.

En México circulan varios títulos de la autora, editados por Penguin Random House, como “La Vida de las Mujeres”, “Demasiada Felicidad” y “Amistad de Juventud”.

Hace unos días leí “Las Lunas de Jupiter” y “Mi Vida Querida”, este último contiene cuatro textos autobiográficos escritos con la maestría de Munro, pero revestidos de una emoción profunda. La autora comparte las sensaciones de su infancia, en las que se mezclan la extrañeza y el dolor ante los cambios y la muerte. También en los apartados “Voces” y “Vida Querida” —que le da título al libro— atisbamos la vida de una joven Alice que vive en una casa aislada del pueblo,
en pleno campo, y que narra, a través de una mirada prístina, sus andanzas en el bachillerato, las tareas domésticas, el fracaso del negocio paterno y la aparición temprana del Parkinson de su madre. aunque “en casa no cundió el desconsuelo más que de costumbre”, señala la autora con ese estilo en el que la narración se hilvana con frases cortas y contundentes.

Munro escribe del tiempo en que había cines en todos los pueblos; de los noviazgos cortos destinados al naufragio; de los viejos que ven de frente su destino inefable; de las casas aisladas en la que habitan ermitaños, solitarios, perdedores, gente que decidió bajarse del tren de la vida para sólo verla pasar.

No hay mucho drama en los cuentos que conforman “Mi Vida Querida” y “Las Lunas de Júpiter”. La escritora no entrega escenas cargadas de llanto o de una emoción extrema, pero se siente el desaliento de algunos de sus protagonistas. La cercanía que surge entre lector y los personajes se logra a través de los diálogos, de una línea breve y contundente capaz de conmovernos.

“Las Lunas de Júpiter” presenta una serie de relatos —“ “Accidentes”, “Prue”, “Visitas”, etcétera— que se erigen sobre vidas ordinarias y se construyen con detalles minuciosos, labrados con precisión demoledora. Personajes que recorren calles y caminos de Canadá, pero que nos dan la sensación de habitar en nuestro vecindario, de que podríamos toparmos con ellos a la vuelta de la equina, o que los rozamos en la parada del autobús o en la oficina de al lado. Hombres y
mujeres que nos hablan de las transformaciones, del paso del tiempo, de los deseos no cumplidos y del resentimiento que guardamos dentro, en una suerte de caja de seguridad cuya cerradura se avería cuando hemos dejado atrás la juventud y sus bellos sueños disparatados.

“No debes dar al lector ninguna oportunidad de recuperarse”, solía aconsejar el escritor ruso Anton Chéjov. Y Alice Munro, la “Chéjov canadiense”, no da tregua en sus relatos y nos deja este espejo de letras, insinuando que ahí, entre las páginas, hemos atisbado un fragmento de nuestra propia existencia.
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