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Arturo Guerra LC
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06 Marzo 2016 05:00:03
Las salidas de Teresita
A Teresita todos le llamaban así aunque tuviera 17 años. En una sola circunstancia alguien le llamaba de otro modo: cuando no quería hacer la tarea del colegio; era entonces cuando su mamá le decía: “¡María Teresa, ven para acá!”.

Como a tantas muchachas de su edad, a Teresita le gustaba irse de fiesta al menos una vez a la semana. Tenía permiso para llegar a casa a las 12:30 am. Ella solía cumplir sin problemas, pero es cierto que en más de una ocasión le había pasado por la cabeza el pensamiento de que su mamá era más estricta que otras mamás, pues una de sus amigas tenía permiso de llegar a la 1 am. No obstante, en el fondo, Teresita estaba contenta con aquella disposición maternal y hasta daba gracias al cielo cada vez que hablaba con Clarita, otra de sus amigas, quien debía volver a su casa a las 11 pm.

Sólo había un detalle de su mamá que Teresita no entendía, y es que el día en el que salía de fiesta, su madre se la pasaba despierta hasta las 12:30 am. Teresita la quería mucho, así que decidió tratar el asunto: “Mira, mamá, ya sabes que lo de las 12:30 sí lo cumplo… bueno, excepto aquella vez que se nos ponchó la llanta de regreso… Lo que te quiero decir es que a mí me hace sufrir un poco, que cuando salgo tú estés siempre despierta. Duérmete, mamá, como si estuviera yo en casa. Yo, al llegar, trataré de no hacer mucho ruido; pero si tú quisieras estar segura de que llegué, lo que podemos hacer es que yo al regresar te despierto para avisarte y así podrás seguir durmiendo más tranquila todavía”.

Su mamá, un tanto sorprendida, se rió y le dijo a Teresita que lo intentaría pero que no le garantizaba nada…

Al verla poco convencida, Teresita le dio más argumentos: “Mira, mamá, si sucediera algo, algún accidente o lo que sea, pues alguien te llamará por teléfono y te despertará para avisarte. ¿De qué sirve que estés despierta? No vas a cambiar nada absolutamente. Si me está yendo bien, me estará yendo bien, independientemente de si tú duermes o no. Y si me va mal, no me irá mejor sólo porque tú estés despierta”.

La mamá le agradeció a Teresita que se preocupara por su sueño, pero aquellos argumentos no la convencían.

Y es que los que somos hijos, muchas veces no nos enteramos de cómo funciona por dentro el amor de una madre. Basándonos en la lógica perfecta de Teresita, es obvio que lo mejor y lo más práctico para todos es que la mamá duerma como siempre, pero el amor de una madre no funciona así…

Para una madre, si su hija no está en casa le falta algo, no puede despreocuparse ni dormir a pierna suelta. Y es que el amor de una madre vela por sus hijos. Este verbo “velar” solemos entenderlo metafóricamente, pero en el caso del amor de una madre, con frecuencia debemos pensar en su significado literal: no dormir por la noche, no poder conciliar el sueño, desvelarse, mantenerse despierta, esperar con los ojos abiertos y con el corazón latiendo el doble…

Algo parecido sucede entre Dios y el alma. Dios que es nuestro Padre y nosotros que somos sus hijos. ¡Vaya desveladas que se pega el Señor por causa nuestra!

Y es que el amor de Dios por cada hijo suyo es algo de lo que nos enteramos apenas un poquito. Si pudiéramos ver al Señor, con frecuencia le veríamos con unos ojerones… Y si le preguntáramos por qué, nos diría con un rostro triste: “Pues sí, fíjate que anoche no pude dormir pensando en mi hijo fulanito que tiene éste y tal problema”…

Es cierto que esto es lenguaje humano y que a Dios no le salen ojeras, pero ¡cómo nos ayuda a entender la dinámica de su amor de Padre y lo que siente por cada uno de sus hijos!

Cuando el pueblo escogido salió de Egipto, gracias a la intervención de Dios, después de tantos años de esclavitud, nos dice la Biblia que durante toda esa noche el Señor veló.

Cuando Jesucristo estaba en aquel huerto de Getsemaní, dice el Evangelio que pasó la noche en oración y en vela. Siendo Dios y hombre al mismo tiempo, Cristo sí que puede tener ojeras iguales a las nuestras. Estaba a punto de dar su vida en rescate de muchos y velaba por todas las almas de todos los siglos destinatarias de su rescate. Quiso que tres de sus discípulos le acompañaran en su vigilia pero fracasó en su intento: los tres se quedaron dormidos tal cual. Y es que cuesta tiempo y gracia de Dios comprender cómo funciona el amor que vela por las personas queridas. Esa noche, la única que no podía dormir, sin saber del todo por qué, desde alguna casita de Jerusalén, era María, la madre de Jesús… Hasta que tal vez alguna vecina de madrugada le trajo la noticia de que a su hijo lo acababan de apresar…

La parábola del hijo pródigo nos describe con maestría y sencillez cómo se siente nuestro Dios cuando alguno de sus hijos se le va lejos a malgastar la herencia. ¿Cuántas veces a mitad de la noche no habrá salido al balcón para dejar perdida su mirada en el horizonte oscuro llevado de su esperanza invencible de que su hijo algún día volvería?

Yo creo que por eso, una mamá y Dios se suelen entender tan bien: los dos tienen mucha experiencia en eso del amor que vela por los hijos…
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