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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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10 Enero 2017 04:07:00
Las semillas de la ira
La liberalización de los precios de la gasolina no fue una crisis. La falta de previsión sobre la eventual reacción de la gente, la hizo una crisis. El vacío de un gobierno que dejó que la protesta creciera, que ante la ausencia de frenos invitó a otros a sumarse a las acciones de saqueo y le dio tiempo para que otros sectores de la sociedad encontraran el momento para expresar su repudio al presidente Enrique Peña Nieto. La respuesta que encontró el Presidente para apaciguar a la gente fue el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar, que es, como muchas otras de sus acciones, reactiva e improvisada. Eso no existía en su mente hace una semana, elaborado al vapor para cubrir la falta de cálculo al no haber previsto la reacción en el país.

Decenas de protestas en todo el país por el aumento en las gasolinas, saqueos, violencia física, confrontaciones políticas, libertades en riesgo por debilidad institucionales, estatales y federales llevan a la pregunta si ¿el México bronco que tanto temía despertara Jesús Reyes Heroles lo hizo? Como presidente del PRI a mediados de los 70, dijo: “El respeto y la convivencia pacífica en la Ley son las bases para el desarrollo, las libertades y posibilidades de progreso social. En cambio, la intolerancia absoluta sería el camino seguro para volver al México bronco y violento. Si eso sucediera, lo aprovecharían quienes pretenden un endurecimiento del Gobierno, exponiéndonos al fácil rompimiento del orden estatal y del orden político nacional”.

Los políticos están preocupados ante el tañer de estos tambores. El Presidente ha pedido actuar con serenidad, y que le den espacio a entender o escuchar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Peña Nieto no entiende que es un presidente altamente impopular y que está pagando el desprecio con el que a lo largo de sus dos primeros tercios del sexenio trató a todos sus aliados, sobre todo aquellos que lo ayudaron a llegar a la Presidencia: el PRI, los empresarios y las clases medias. Haberlos alienado tiene sus consecuencias. Lo han dejado solo.

Peña Nieto no comprende que la violencia en las calles tiene componentes que van mucho más allá que los grupos políticos a los qué acusar de lucrar con el descontento. El gasolinazo ha galvanizado la furia contra el Presidente, quien reacciona con la mira corta. Lo que se ve en la ira social contradice el argumento que esgrime como su razón de ser: el gasolinazo afecta principalmente al 10% del grupo de mayor ingreso que consume el 40% de las gasolinas.

Pero si el impacto se iba a sentir sólo entre los que más tienen, ¿cómo explica que los principales actos de saqueo sean contra tiendas a las que recurre la gente de menores ingresos?

Es posible argumentar que el gasolinazo fue el detonador de una furia que se venía acumulando hace tiempo. La desaprobación del presidente rebasó la aprobación en noviembre de 2013, a los 11 meses de asumir el poder, como consecuencia de la reforma fiscal. Se profundizó un año después, cuando se reveló la existencia de la “casa blanca” y el conflicto de interés de Peña Nieto.

Eventos como la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa no tuvieron un saldo negativo para Peña Nieto de manera instantánea, pero lo ha ido drenando sistemáticamente desde octubre de 2014. Las reformas energética y educativa contribuyeron al rechazo presidencial y al aumento en el mal humor social. La corrupción en este sexenio, que se niega a aceptar Peña Nieto, vigoriza todo el malestar.

El ánimo nacional contra Peña Nieto es tan adverso desde hace tanto tiempo, que cuando se logró la segunda recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán hace un año, si nivel de aprobación no subió; bajó cinco puntos. No hay nada que pueda hacer Peña Nieto para revertir el ánimo contra él. Lo sabe, pero no hace nada para colocar un piso a su caída. En buena medida, porque aunque ve lo que sucede, no es capaz de hacer una introspección que le permita analizar el entorno y las consecuencias de sus acciones o inacciones.

Se ha vuelto tan refractario a las opiniones contrarias a lo que piensa y cree, que las desestima y anula. Sólo un pequeño grupo goza de su oído, le acepta opiniones y, como ha sucedido muchas veces en su sexenio, acepta sus recomendaciones y las convierte en acciones. Fuera de ese grupo compacto, no considera de utilidad escuchar a nadie más.

La pérdida de su consenso para gobernar es clara, incluso para él, quien insiste en llamados a la unidad nacional a partir de aire. Peña Nieto no puede concitar a la unidad en torno a él porque no tiene liderazgo. Su poco interés en revertir los niveles de desaprobación, o cuando menos romper la tendencia, revela también el desconocimiento que esas mediciones no tienen que ver con si es popular o no, sino muestra qué tanto consenso tiene como gobernante. Su construcción pasa por mejorar sus niveles de aprobación. Si no hace nada para lograrlo, tampoco puede esperar una respuesta positiva a sus llamados.

No se sabe si seguirá despertándose el México bronco de Reyes Heroles, o habrá una despresurización social natural, que vaya más acorde con la pasividad y la apatía mexicana de las últimas generaciones. Lo que sí se aprecia es que hay un despertar, social y político, que va por Peña Nieto.
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