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Federico Muller
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04 Mayo 2018 04:00:00
Las tecnologías digitales y la productividad
Las principales economías del planeta, las que se agrupan en el G-7, han venido disminuyendo su productividad laboral. Al menos en el periodo de 1971 a 2015 se ha observado una caída en sus indicadores de rendimiento, según lo constatan las estadísticas que publica la OCDE en 2016.

Los avances recientes que ha tenido la ciencia y la tecnología, que se han materializado en la robótica, la nanotecnología, la impresión 3D, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial, entre otros, parece ser que han sido rápidamente absorbidos por una parte del sector productivo, pero sus efectos multiplicadores no han trascendido en el mediano y largo plazo, no se ha tenido una gran influencia en el repunte de la productividad; al contrario, esta ha disminuido por motivos que aún no se tienen claros, aunque líneas abajo se comentan algunos, que han sido de los más relevantes, pero sin olvidar que no hay consenso entre los especialistas sobre su incidencia directa en la caída de la productividad.

Algunos historiadores económicos que han revisado la evolución de la economía mundial, después de los grandes descubrimientos e inventos de la humanidad, han mostrado que el advenimiento de la Revolución Industrial tuvo un impacto sustantivo en el desarrollo de los pueblos: la invención de la máquina de vapor, la electricidad y el motor de combustión interna han sido la piedra angular del avance tecnológico y no se ha encontrado punto de comparación con ella, por el cúmulo de beneficios que ha prodigado a la sociedad en general, ni siquiera la digitalización de la tecnología la ha superado.

Primera barrera a la productividad laboral: fallas de mercado. Infortunadamente la competencia de mercado que se tenía en la segunda mitad del siglo 20 en los países industrializados, en donde los agentes económicos configuraban una estructura relativamente perfecta en el sentido de una mayor libertad para las transacciones económicas, ha desaparecido en forma paulatina, dando lugar a la formación de oligopolios y monopolios, que aprovechan su poder de mercado para fijar precios y “absorber” las innovaciones tecnológicas, entorpeciendo su difusión y penetración intrasectorial y sectorial; con ello, desincentivan la participación del minorista en el caso del comercio o del pequeño y mediano empresario. En México, solamente por citar algunos ejemplos: el establecimiento de sólo dos cadenas de cine; menos de 10 laboratorios, que elaboran y distribuyen los medicamentos de patente; dos cadenas que dominan el mercado minorista del comercio, menos de cuatro cadenas de televisión abierta con cobertura nacional, etcétera.

Segunda barrera a la productividad laboral: la falta de calificación de la mano de obra. La oferta de trabajo actual, al menos en los países del G-7, no ha cubierto los requerimientos que exigen los empleadores; generalmente los trabajadores con mayor cualificación (mayor nivel técnico y directivo) se colocan en las empresas de frontera tecnológica, logrando mejores salarios en relación con el resto de empleados que prestan sus servicios en empresas no líderes del mercado. Las marcadas diferencias en las percepciones monetarias han aumentado las desigualdades en el ingreso. El índice de Gini, que mide la distribución del ingreso, ha aumentado. Si este indicador se mide después de impuestos y transferencias gubernamentales da como resultado que en los países mencionados, en promedio, el índice de Gini ha pasado de 0.26 a 0.36, lo que puede explicar la llegada al poder de candidatos populistas que buscan con demagogia restablecer órdenes mundiales de antaño.
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