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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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28 Julio 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (1)
La mayor inclinación espiritual que existe es la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, por tanto, todos somos espirituales. Todos, además, necesitamos amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, dar y recibir bondad, seguridad, comprensión, gentileza, apoyo, atención, respeto y una larga lista de satisfactores emocionales que no son otra cosa que manifestaciones muy claras del mundo espiritual.

Sin embargo, lo opuesto a todo ello también es espiritual: adoptar el papel de la víctima o del victimario, maltratar y dejarnos maltratar, odiar, envidiar, ser egoísta, etc. Todo ello es parte del camino interno que, ineludiblemente, hay que recorrer. Si no en esta, en otra vida, pero será.

Crecer espiritualmente es otra cosa, y por cierto no tiene nada que ver con ser perfecto, desapasionado, meditativo, creyente, desinteresado en el mundo material, envuelto en un halo de misterio, enfocado en lo esotérico y otras posturas, actitudes y paradigmas por el estilo.

Crecer espiritualmente es transitar por una serie de despertares de la conciencia que pueden ser bastante turbulentos. Todos comenzamos identificados con el mundo material (lo cual puede durar toda una vida), para después concebirnos como seres espirituales, multidimensionales y progresivos, de manera que empezamos, lenta y torpemente primero, rápida y hábilmente después, a trabajar con nosotros mismos, a crecer y gozar nuestras profundidades.

En todo caso, crecer no es cuestión de mejorar, sino de conectar. Quien crece espiritualmente bucea profundo en sí mismo, enfrenta día a día sus emociones, explora sus miedos, se permite sentir su negatividad, acepta sus creencias erróneas, se emociona con el autoconocimiento y la alquimia interior; es transparente, empatiza con otros, hace conexiones genuinas, en completa confianza y vulnerabilidad, es servicial y solidario con sus semejantes, mira como igual a cualquiera. Hay ejemplos. Piense en Teresa de Calcuta.

Sin embargo, la creencia común es que espirituales son aquellos a los que les están prohibidas la sensualidad, el placer, el enamoramiento, el interés material y la comodidad. Con esta lista, quién querría ser espiritual.

Quítese de la cabeza esta idea equivocada. Sepa que un ser espiritual comete muchos errores, cede no pocas veces a sus apetitos y es, sobre todo, dual: es decir, tan defectuoso como virtuoso. Lo que lo distingue es que lo sabe y lo acepta; lo aprovecha para elegir pensar y actuar lo mejor que hay en él. Es aquí, justo en las elecciones que tenemos que hacer en nuestra vida cotidiana, donde está el milagro del libre albedrío. Hoy podemos elegir entre estar enojados o perdonar, entre sentirnos deprimirnos o ponernos alegres. Tan fácil, tan accesible y tan elemental es la espiritualidad. Piénselo.

Quienes quieren convertirse en su idea de perfección con unas cuántas meditaciones o saltar directamente a la parte de arriba de la escalera espiritual, militando furiosamente en alguna religión o culto, e incluso consumiendo sustancias como la ayahuasca, lo que en realidad están haciendo es evadir lo que tienen que enfrentar: sus emociones.

Sin embargo, es imprescindible el desarrollo psicológico, paso a paso; esto es, la gestión psicoemocional o alquimia interior, tropiezo tras tropiezo, pues el camino es bastante empedrado, pero no tan horroroso como uno se imagina. De hecho, puede volverse emocionante, estimulante y, sobre todo, muy muy satisfactorio.

No existen los atajos espirituales. No hay caminos despejados ni GPS interior. El verdadero trabajo espiritual se parece más al de un respetable pepenador que al de un aséptico médico de bata blanca. Así es como debe ser.

El recorrido nos lleva directo hacia aquello que no queremos sentir ni ver, no para analizarlo ni combatirlo ni mucho menos identificarnos con ello, sino para amarlo, abrazarlo, transitarlo y trascenderlo. Nuestras emociones no pueden determinarnos si no se los permitimos. No son indelebles. Solos nos habitan por un corto tiempo, vienen y se van.

Siempre habrá dolor e incomodidad. Acéptelo y supérelo.
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