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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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24 Febrero 2018 04:00:00
Lástima de huevos
El gallinero hierve de sol. Mediodía. De repente: ¡cocorocó!, un cacareo escandaloso, y uno más, y otro. Las ponedoras, que depositan su huevín en el nido. ¡Cocorocó! La parda, tras el esfuerzo, bebe agua a picotazos. La prieta (jadeos engrifar de plumas, zancas despatarradas) jala aire. La vareada al nido, ya con el suyo en la puerta. Un esfuerzo, un jadear, y achaparrarse, abrir ojos, pico, todo. En la pileta, a la sombra del pirul, van reponiéndose del esfuerzo. ¡Cocorocó! Pero ahí estuvo el problema: en los cocorocós.

Sí, que al escándalo, la pandilla de los gallos que pastorean el gallinero se dejó venir. De los comederos, que casi nunca abandonan, viniéronse sobre los huevos.

Gallitos jóvenes, fachendosos, cresta arriscada y veloz espolón, pisando fuerte se dejan venir sobre los huevines. Véanlos llegar con su porte alardoso; oigan su kikirikí amalditado; adviertan los picos atrabiliarios, que a piquetazos van despanzurrando nidales, picoteando yemas, desgarrando claras. Y el naufragio de los cascarones. Las pollas, a media voz: “Abusones, ventajistas, aprovechados de la ocasión. Como nos ven mansitas”. Ah, ¿conque motín a bordo? Y por que se mire quién manda en el gallinero, a echarse sobre las rezongonas, y válgame, qué desastre de plumas, ahogos, jadeos, cuadriles despernancados. La búlica, la vareada, la pollita todavía, soportan una vez más, en tensión las dos zancas, el jineteo de los abusones. “¡Ay, uf, agh, puf!”

Silencio. Los espolones tornan al comedero. Las pollas, entre sacudidas y espasmos: “Punta de atrabiliarios; se apropian de los comederos, se tragan nuestros blanquillos, y qué modo de violar a la que proteste. Ay, mi cuadril”.

–Yo hasta herniada quedé con la sacudida, ¿tú crees? No había agarrado resuello después del huevo, cuando échate encima todo el peso del pinto, y que de meneos y de sacudidas.

–No, y los espolones del giro, de este grandor. Sentí que estaba malpariendo un huevo de yema cuata. Como me agarró cansada.

Óiganlos. Llega desde los comederos el claridoso ¡kikirikí!, pregón de los desbozalados. Al oírlo la jolina, polla todavía, no puede más, y recogiendo con el pico una de las plumas desprendidas del ala, bajo el ala cobija la cabeza y se echa a llorar, y su llanto contagia a las otras; reniegos, gimoteos, imprecaciones; que gallos aborrecidos, rapaces y violadores, que vendepatrias proyankis, Que Peña, hijo de tu mal dormir...

Fue entonces. A la vista de reniegos, quejumbres y gimoteos, ahí habló el búho, dotado para mirar en la luz como en las tinieblas. Desde la rama más alta del más alto eucalipto de la avícola granja habló a las plañideras.

–¡Eso! A llorar como gallinas lo que sus huevos no pueden lograr. Sus violadores son unos cuantos y ustedes millones con millones de huevos, pero huevos de qué les sirven, si ustedes se niegan a pensar, a ejercitar la autocrítica, a crear las tácticas con que puedan vencer a tales gallitos sobrones. Lloren, pues, como gallinas.

Ellas, entonces, moviendo la testa y pelando los ojos: “Aquí el tecolote tiene razón. ¡A enfrentar a los pinches rapaces! ¡A la megamarchita! ¡A exigir a los gallos!” “Yo –la vareada– a menearme recolectando firmas”. “Yo y estas –la pinta– nos vamos a ir de plantón a San Lázaro”. La prieta, la más activa del gallinero: “No, mis muchachas. ¿Queremos arrebatar de las uñas de esos criminales nuestro gallinero? ¡Votar, ponedoras! La clave es votar, y santo remedio. Yo pienso mi voto dárselo al gallito aquel.

El búho suspiró. (Qué más).
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