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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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10 Diciembre 2017 03:00:00
Lecciones de otoño
No hay una razón única sino muchas que vuelven para mí en otoño la época más hermosa del año. Las tres estaciones restantes hablan de florecimiento, fructificación y decadencia. La sabiduría del otoño me atrapa, por sus nobles lecciones de vida ante la recta final.

Gozo el verde de los paisajes primaverales, sin embargo los ocres de esta época me cautivan. Puedo permanecer largo rato mirando una sola hoja de maple que luce sus colores cálidos, del rojo al púrpura. Habla de madurez, de una esencia poderosa del árbol, que no teme perderse en las hojas que deja caer al suelo, con cada viento que sopla sobre sus ramas.

Hasta ahora no he conocido una hoja que no caiga con gracia haciendo cabriolas desde el sitio donde brotó y creció, hasta su destino final en el suelo. Cada una de ellas adopta un estilo muy particular para ir meciéndose, tal vez girando en su trayecto aéreo hasta terminar, del mismo modo que hacen sus hermanas, conformando una alfombra multicolor, pero de corta vida, que pronto termina deshecha por algún otro viento travieso, o por la iniciativa del hombre que llega con su escoba a romper aquel efímero equilibrio.

Qué lección de desprendimiento, de dejar ir aquel nicho al que ya no se pertenece. Qué manera de asumir el destino que corresponde a su condición de expatriadas, tienen las hojas.

El otoño enseña que nada en esta vida es permanente, y que nos corresponde ser dóciles a los cambios que va imponiendo la edad. Esto es, aprender a envejecer con gracia y una buena dosis de buen humor, pero sobre todo con un sentimiento de gratitud por todo lo que la vida nos ha permitido experimentar. Es el tiempo de hacer cuentas con nosotros mismos, para entender de qué modo hemos sido bendecidos, de tantas y tan variadas formas hasta el momento de efectuar esta respiración.

Eventos como el vivido en el país la semana que termina llaman al niño interior que todos tenemos dentro, tantas veces anestesiado, de modo que no alcanza a percatarse de las maravillas que ocurren en derredor. La formación de cristales de nieve como estrellas a partir de agua y frío refuerzan mi convicción personal, de que los prodigios de la naturaleza son incontables, sin embargo vivimos distraídos, como dijera Facundo Cabral, y no los percibimos. Salir a ver cómo cae la nieve con sus grandes copos que de inmediato se prenden de la ropa y pronto se derriten; sorprendernos del modo como la nieve forma una alfombra que va cubriendo todas las superficies que encuentra a su paso; divertirnos jugando con la nieve entre las manos como cuando éramos pequeños. Es un modo de reavivar nuestra alegría innata, que tan fácilmente dejamos que se apague por cualquier razón, tantas veces absurda. Es darnos cuenta que no es tan complicado sentirnos alegres por las pequeñas cosas que suceden cada día, porque finalmente, la felicidad es cuestión de actitud, es como una mochila que cargamos a lo largo de la ruta para hacer del andar algo digno de ser vivido.

Otoño es empatar con la vida y actuar de manera divertida y graciosa, aun en las caídas. Es descubrir que muchos contemporáneos más están en las mismas circunstancias que nosotros, y sabernos arropados por una hermandad. Es apoyarnos unos a otros en los momentos difíciles, que por cuestión de la edad van siendo más frecuentes, y es también aprender a ahijar con sentido del humor, aquellas limitaciones que el paso del tiempo nos impone.

Llegar al otoño no implica desechar nuestros sueños de juventud. Es emprenderlos de manera entusiasta, pero ir cerrando círculos de aquellos propósitos que se van cumpliendo. Es entender de mejor manera que cuando éramos jóvenes, que el paso del tiempo es absoluto, y que querer detenerlo es una forma de engaño que nos roba tiempo.

Encaminarse por esa recta final es sentir el orgullo de llegar hasta este punto en condiciones de seguir andando por cuenta propia. Es voltear a ver lo afortunado que ha sido nuestro trayecto, colmado de
bendiciones.

¡Bendito otoño que me permites entender todas estas realidades de la vida de manera tan bella!
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