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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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03 Octubre 2016 04:00:00
Leer no es un pasatiempo
Aunque casi todas las personas pueden hacerlo con facilidad, leer no es tan sencillo como parece. La idea de que leer es una actividad fantástica al extremo o inigualablemente excitante, es más un mito que una realidad. De hecho, al principio es como un trabajo, así se lea por gusto y no por obligación. No hay duda de que existen personas que prefieren leer un libro que ver una buena película, ir de compras o salir a pasear, pero la mayoría no; incluso para quienes leen con frecuencia es más cómodo no acercarse a los textos.

Desde hace algunos años me ha parecido importante hacer esta aclaración. Creo que en gran medida las personas no leen porque están convencidas de que quienes sí lo hacen es porque se encuentran predestinadas a ello. ¿Cuántas veces no hemos escuchado frases como “es que a ti sí te gusta leer”, “a mí no se me dio eso de la lectura” o “yo soy bueno para otras cosas”? Muchas de estas falsedades se deben, precisamente, a que han vivido engañadas, pensando que la lectura es un pasatiempo, una opción de ocio más para matar el tiempo libre o algo reservado a los profesores, investigadores, escritores o intelectuales.

Leer bien cuesta. Hay que buscar las lecturas, seleccionarlas, conseguir los textos, hacerse el tiempo (no esperar a tenerlo libre), dedicar horas, tener un diccionario a la mano, marcatextos, lápiz o pluma, separador; a veces hay que releer un párrafo, una página, un capítulo o hasta todo el libro para entenderlo. Leer es complejo, pero necesario. Es necesario porque en la medida en que lo hacemos, podemos comprender mejor la realidad; de dónde venimos, a dónde vamos, por qué, para qué y cuál es la mejor manera de viajar y de llegar. No leer es renunciar a la valiosa oportunidad de no repetir (tantos) errores y a conocer las mejores estrategias y métodos para tomar decisiones y cumplir objetivos.

Para los mexicanos el contexto no ayuda. Vivimos en un país en donde casi no se lee. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015 (Conaculta), de entre las actividades que la población mexicana acostumbra hacer en su tiempo libre, “ver la televisión” es la principal (52.9%), mientras que “leer libros” es la quinta actividad recreativa (21.1%) (así se considera) y “leer revistas u otros materiales de lectura” es la décima (5.9%). Según este estudio, los mexicanos leen por gusto 3.5 libros al año. ¿Eso es mucho o es poco? Si lo comparamos con otros países más desarrollados que el nuestro, incluso frente a algunos con características socioeconómicas similares a las nuestras, podemos afirmar que es poco.

Con base en los datos presentados en la Encuesta Latinoamericana de Hábitos y Prácticas Culturales 2013 (Organización de los Estados Iberoamericanos, OIE), con respecto al porcentaje de personas que leyeron por ocio o por interés personal (no por necesidad escolar o laboral) en el último año Venezuela reportó 13%, siendo el más elevado de la región, seguido de Argentina y Perú (ambos casos con 11%); Honduras 4%, siendo el más bajo; mientras que México reportó 8 por ciento.

Para darnos una idea sobre los hábitos de lectura en otros países, podemos tomar como referencia la siguiente comparativa (NOP World Culture Score Index, en Excélsior, 2014): en India las personas leen en promedio 10.42 horas a la semana (siendo el índice más alto de entre 30 países incluidos en el estudio); en Korea, 3.06 (el más bajo); en China, 8.00; en Francia, 6.54; en Turquía, 5.54; en Alemania, 5.42, y en México, 5.30. Sólo por citar algunos casos. Aunque debe profundizarse, el hecho de que no necesariamente exista una relación entre el nivel de lectura y el grado de desarrollo económico de un país se debe a la calidad de los textos que se leen (no todo lo que se lee sirve), a la capacidad de comprensión de los mismos y a las habilidades de cada sociedad para aplicar la información y el conocimiento.

Amén de ello, leer produce efectos positivos. Constantemente nos enteramos y verificamos los beneficios de la lectura, entre los cuales se han señalado que estimula la mente, transmite conocimiento, relaja, fortalece la memoria, tranquiliza, ejercita el cerebro, mejora la escritura, genera empatía, reduce el estrés, mejora la concentración, refuerza la capacidad de análisis, y hasta hace a las personas más atractivas. Las consecuencias de leer han sido comprobadas científicamente. “La capacidad lectora modifica el cerebro”, afirma el neurólogo Stanislas Dehaene; es así: “hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora y más neuronas en los cerebros que leen” (La Vanguardia, 2015).

En su libro La Lectura y la Vida, Emili Teixidor (Ariel, 2007) comparte algunos “trucos para leer”, entre los que se encuentran aprovechar todas las oportunidades para hacerlo; conocer nuestro nivel de lectura; elaborar una lista de los libros que pueden interesarnos, y subrayar las frases importantes del libro que estemos leyendo. Si lo que queremos es alentar a alguien a que lea, lo más conveniente puede ser aquello que recomienda el mismo Teixidor: “Primero lee tú y los demás imitarán el placer que tu expandas. Predica con el ejemplo” y (no olvidemos que) “Cada lector tiene su nivel y hay que conocerlo antes de recomendar un libro”.

Vargas Llosa lo explica así: “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. Hay que leer. Es cierto que tenemos el contexto en contra, pero eso no debe ser un pretexto, sino una motivación.
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