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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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17 Mayo 2018 04:00:00
‘Ley chayote’
La Fontaine, mis valedores. ¿Conocen ustedes al francés La Fontaine, fabulista y poeta del siglo 17? ¿Alguno habrá leído su obra y le habrá extraído la moraleja a sus fábulas? Yo, la noche de ayer, me llevé al fabulista a la cama (sus fábulas), y ya más para allá que para acá, en plena duermevela, leía aquello de que el gato Rodilardo hacía tal matazón de ratones, que los sobrevivientes, sin atreverse a salir de su agujero, realizaron foros distintos (tesis, ponencias y conferencias, y que moción de orden, compañero, que ya llevamos encuevados cinco días en las discusiones, y eso es lo madre, porque hasta no llegar a los resolutivos no salimos de aquí. ¿O no, compañeros de aquel añejo Consejo General de Huelga, CGH? Más dormido que despierto, pensé: pero los ratones de la fábula y los del viejo CGT ya conocen la solución: una megamarchita para ¡e-xi-gir! al tigre, su enemigo histórico, que deje la carne y por amor a sus enemigos se torne vegetariano. Así de fácil. En la penumbra de mi habitación una voz cadavérica: “Mi valedor”. Tíznale. Yo, el espeluzno, el calambre, el sacón. ¿Y esa sombra, ese fantasma? ¿Ese aparecido de dónde salió, quién es?

–Soy yo, La Fontaine. ¿Puedo?

Pudo. Se sentó a la orilla de mi cama, donde yo dormitaba.

–Hoy, para mi fabulilla, tengo en la mente la cínica facha de esos periodistas colegas tuyos que por asegurase una buena pitanza degeneraron en voceros de ese corrompido Poder que los ha convertido en multimillonarios para que se apliquen sañudamente, desde los medios de acondicionamiento social, a denigrar a los adversarios de los políticos oligarcas y los oligarcas políticos, a los que este día sí y el otro también, se aplican a quemar copal al santón en turno, así hayan resultado asesinos como Echeverría y Díaz Ordaz o ladrones como Salinas y los siguientes, hasta rematar en la casa blanca. Pero claro, esos periodistas ya redondearon un capitalito que equivale a una buena docena de casas blancas.

Pensé: “Este habla nomás por hablar”. Cuando semejantes periodistas van a ser tan serviles, tan ser viles como para alabar a asesinos y saqueadores de las arcas públicas. En Francia, posiblemente. ¿Pero aquí, en este estado de derecho? Además, políticos como Peña, Moreira y Videgaray tienen valores, principios, moral personal. Si no, que La Fontaine pregunte a Romero Deschamps. Terco, el fabulista:

–No olvides a los destinatarios principales de mi fabulilla. (¿Qué ya cayó uno, tú?) ¿Y tú ni una mísera casa blanca? Pero en fin, escucha y trata de retener el sentido de la fabulilla. “Érase que se era cierta vez...”

Válgame con La Fontaine, pensé. ¿Pues cuánta vigencia pudiesen guardar todavía hoy los conceptos morales y las moralejas de un personaje con mentalidad de hace siglos? En fin.

Le agradecí cortésmente su buena intención. Comenzó su fábula: “Érase que se era un lobo feroz”.

Tíznale, a esta hora de la noche El Lobo Feroz y los Tres Cochinitos. El bueno de La Fontaine. Reprimí uno como ese que alguno de ustedes intenta disimular (un bostezo). El fabulista, aliento a queso Roquefort o al menonita de mi Zacatecas, mejor todavía: “Era un lobo feroz que andaba en las últimas, trasijado de un hambre rezagada”. ¿Y sabes por qué el pobre andaba con el hambre atrasada?

Gutural, un lenguaje español martajado de acentos agudos. Pues casi por nada. Su hambre feroz.
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