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JC Mena Suárez
JC Mena Suárez
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10 Agosto 2017 04:00:00
Lo industrial y la extinción
¿Para qué nos alcanza en esta época? Seguramente usted también se ha hecho esta pregunta o alguna parecida, pero al final concordaremos en que ya no alcanza para comer como antes. Si vamos a una tienda de conveniencia, al ver los precios de los alimentos industriales pensaremos en que su precio aún nos permite darnos el gusto de comer una concha o unos cuernitos, pero ¿y la calidad?

Es bien sabido que la calidad cuesta, requiere ingredientes que tienen un costo más alto, una producción menor a la que se le pueda poner más atención y grandes inversiones en cada detalle, por eso no nos extraña que las panaderías artesanales y tradicionales hayan tenido tanto éxito, el pan que elaboraban era de gran calidad.

Hagamos este análisis: el bulto de harina de 44 kilos actualmente cuesta 415 pesos, 9.43 el kilo, y recientemente tuvo un aumento de entre 20 y 35 pesos el bulto; la manteca, 650 pesos con 24 kilos, o 27.08 pesos el kilo; el bulto de azúcar, 840 pesos con 50 kilos, o 16.80 el kilo y va que vuela a mil pesos el bulto, y el kilo de nuez está por arriba de los 300 pesos. Con estos precios, a lo que el productor tiene que sumar las nóminas de los empleados, horneado, empaque y punto de venta, entre otros gastos como el pago del Seguro Social, impuestos y el 8% que va casi de rigor, es de pensarse en el costo de venta al público; un mal cálculo y seguro va a perder, eso sin mencionar la merma que puede haber.

Ahora, en caso de que un pequeño productor decida mantener sus precios de venta al público lo más bajo posible para no perder clientes, se enfrentará a un margen de utilidad muy bajo, a un cliente con un poder adquisitivo menor y a una competencia que si bien vende un producto de menor calidad, lo hace a un costo menor y con más utilidad. La competencia a la que nos referimos es el productor industrial, aquel que tiene grandes capitales para automatizar su producción, ese que usa harinas preparadas que obtiene a menor costo por la cantidad que compra y que tiene presencia en cualquier tienda de conveniencia o supermercado, ese que invierte millones en publicidad y mercadotecnia…

Estos panes industriales suelen estar saturados de azúcar, carecen de un buen sabor y tienen un valor nutrimental bajo, pero la gente los prefiere por las prisas y el costo: se compran un par de conchas que venden en casi cualquier esquina por 13 y que incluso pueden estar en promoción con el café. En cambio, el pequeño productor tiene menos distribución y la calidad cuesta.

Para poder competir un poco, muchos pequeños productores deciden bajar la calidad de sus productos usando materiales económicos que les permiten bajar su precio, pero a su vez esto les hace perder clientes fieles. Es mejor conservar la calidad aunque cueste un poco más.

Estamos en la era de la extinción, algunos ya la habían anunciado. Muchas panaderías pequeñas desaparecerán para dar paso a la era industrial, las nuevas generaciones no lo notarán porque están creciendo con el sabor industrializado y sólo unos pocos negocios prevalecerán en un segmento de mercado tradicional que busca la concha, los chamicos, los cuernos, las revolcadas, los volcanes y otros panes tradicionales… Ganó lo industrial, pero queda un recuerdo en los supermercados de algunos de estos panes, pero con harinas preparadas… no es lo mismo.
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