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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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22 Octubre 2016 04:00:00
Lobohombo
“Las muchachas salían traumadas, llenas de sangre, quemadas, sin zapatos...”

La hornaza, mis valedores, tragedia que estalló un día como el de mañana, pero del año 2000, fecha infausta. Yo, aturdido ante la catástrofe, algo quise decir, escribir, callar o, por no seguir lastimándome, pasar de largo, pero reflexioné: las víctimas eran jóvenes y andaban ahogadas de alcohol, esa droga aborrecible que entre adolescentes y jóvenes se incrementa cada día, y relacioné la hornaza del Lobohombo con la del caso aquel:

“Coche accidentado. Seis heridos graves. Conductor y acompañantes, todos menores de edad, iban ebrios. Rafael, que manejaba el vehículo, cuenta con 16 años de edad. Grave, permanece hospitalizado.

Yo, padre de un hijo de la misma edad, con la mente encendida al recuerdo de un Lobohombo en llamas dije y digo al caído en desgracia, la del licor:

En leyendo la noticia, Rafael, redacté unas líneas zumbonas contra borrachos y teporochos, pero después de pensarlo... Has de saber (me permites el tuteo, ¿verdad?) que de pronto se me prendió una punzadilla acá, mira, del lado cordial; porque yo tengo un Ariel de tu misma edad, y eso vino a quitarme las ganas de forjar donaires con tu desdicha. Porque desdicha es, y grande, que habites en un país que es manadero de borrachos porque las agencias de publicidad se viven sembrando en radio, T.V y periódicos, de forma subliminal, una series gringas que son minas antipersonales que exaltan el consumo del alcohol y el cigarrito. “¡Chupe, sorba, fume, viva!” Abyecto.

Denuncia el especialista: “Una manipulación desaforada e irresponsable encauza al país hacia el alcoholismo. La afición por el alcohol se incrementa entre los jóvenes, los adolescentes y los estudiantes universitarios”.

Tú, Rafael, de seguro eres estudiante, como mi Ariel, y como joven que eres qué voy a reprocharte, si es el Sistema que los adultos nos dejamos imponer el que permite, alienta, fomenta que la publicidad, al amor de las ganancias, manipule a las masas -¡a los adolescentes!- a punta de programas de TV. tan aviesas como efectivas. Qué voy a reprocharte, si viniste a nacer en un país patrocinado por las firmas cerveceras.

Malhaya tal manipulación alcoholera que así se ceba en los jóvenes, Rafael, que mantiene a flor de labio la cebada, la uva y el lúpulo, y el mezcal, el agave y la caña, por que angoste y agoste el espíritu y ablande conciencias y reblandezca la resistencia del joven -¡del adolescente!- frente a un Sistema que así oprime y, en su caso, reprime. La cultura del licor, a estas horas enhiesta.

Te imagino días antes del accidente, tú con tus 16 años encima. Flamante todavía, recién salido del nidal. Te imagino emulando al galán de la serie gringa, copa en mano, rony drogas que lo acompañan. Lóbrego.

¡Ah, Rafael, como si te llamaras Ariel y fueras mi sangre, y fuera esa sangre la que no cesara de manar mientras yo, desalado, me lanzara al de primeros auxilios, a aferrarme a ese tu cuerpo todavía tan muchacho y ya así de lastimado! Dios...

Ya los adultos no pudieron con ese licor que conmigo no pudo. No quisieron poder. El hábito no hace al monje, dice el dicharajo, y yo digo: mucho menos el hábito del alcohol. Hoy, seis años después de ti y del Lobohombo, todo olvidado, y aquí, en el país de la muerte, nada ha pasado.

“Una mujer logró identificar a su hijo; lo reconoció por los frenillos de la dentadura”.

Ah, México. (Qué país.)
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