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Arturo Guerra LC
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20 Marzo 2016 03:00:25
Los agujeros de nuestras ciudades
Cuando oía que la Madre Teresa de Calcuta se proponía servir por amor a Dios a los más pobres de entre los pobres yendo a buscarlos a sus agujeros, me llamaba la atención esta manera de hablar. ¿Ir a buscar personas en sus agujeros? ¿Qué agujeros? ¿En qué mapas se registran dichos agujeros? Si es en Calcuta, bien; pero, ¿en Europa? ¿Será sólo un modo de hablar plástico con tintes de poesía?

Tiempo después, un grupito de jóvenes me invitó a acompañarlos a repartir algo de comida y ropa por las calles de aquella ciudad europea. Me explicaron que ya llevaban tiempo haciéndolo y que en realidad ellos acompañaban a algunas Misioneras de la Caridad, que son las monjitas que fundó la Madre Teresa de Calcuta.

Así que una buena noche llegamos en dos o tres coches a la casa de las Misioneras de la Caridad, entramos al convento, las saludamos, subimos a los coches alimentos, ropa, regalitos, una guitarra y arrancamos con todo y misioneras de la caridad. Por cierto, íbamos más personas de las que suelen ir en un automóvil. Y empezamos nuestra ruta.

Me fui dando cuenta de que se trataba de una ruta que ya conocían bien. Recuerdo que llegamos a un espacio cercano a un monumento que servía de refugio a un grupo de personas sin casa. Era invierno y la Navidad ya muy cercana. Las misioneras y los jóvenes llegábamos, saludábamos, compartíamos lo que traíamos, platicábamos, escuchábamos, les cantábamos algún villancico y nos despedíamos. Veía cómo aquellas misioneras buscaban un momento para decir algo de tú a tú a aquellas personas, una por una. De ahí, a subirnos a los coches y a seguir nuestra ruta. Otra de las paradas fue a la puerta de un banco en una calle más bien secundaria. Ahí estaba una señora, tratando de dormir en medio del frío y de la luz nocturna que salía de aquellas oficinas bancarias. Recuerdo cómo aquella señora se emocionó por visita tan extraña... Proseguimos la ruta. Nos estacionamos cerca de un puente. Por dentro me pregunté: y, ahora, ¿a dónde vamos? Caminamos unos pasos, superando uno que otro obstáculo, y yendo algunos metros a campo través hasta que encontramos en alguna parte de aquella estructura del puente una especie de cavidad en la que estaban tres o cuatro personas tratando de resguardarse del frío. Literalmente vi salir de su agujero a estas personas mientras las misioneras y los voluntarios las saludaban como viejos amigos. Recuerdo muy bien aquellas caras entre despiertas y entre dormidas saliendo a ver qué pasaba. La ruta siguió otro rato. Volvimos al convento en el que dejamos a las misioneras y nosotros volvimos a nuestro punto inicial de encuentro y luego cada quién para su casa.

Uno podía pasar todos los días por esa avenida del puente y no enterarse de que cierta cavidad de aquella estructura de hormigón a algunas personas servía de refugio. Esto sólo lo podían saber aquellas misioneras especializadas, por su amor a Jesús, en detectar agujeros habitados.

Así fue como finalmente comprendí qué quería decir para una misionera de la caridad ir a buscar personas en sus agujeros.

Algunos opinan que este trabajo no sirve para nada, que lo único que hacen estas monjas es perpetuar los sistemas paternalistas que nunca acabarán con los verdaderos problemas de la humanidad.

Pero mientras se elucubran estas teorías desde algunos laboratorios intelectuales o desde algunas cantinas, cada mañana o cada noche las misioneras de la caridad recorren como hormiguitas nuestras calles buscando niños abandonados, parias, enfermos crónicos que no tienen a nadie, para llevarlos a sus comedores y casas en las que les ofrecen un rincón con algo de cariño humano, algo de pan, algo de calor, algo de fe, algo de esperanza, algo de caridad, algo de Dios. ¿No es ya esto un cambio profundo en los agujeros de nuestras ciudades?

Y dando un salto de agujero en agujero -ya vimos que no es mera poesía- ¿no hemos tenido la experiencia de caernos al suelo y encontrar una mano amiga que nos levantó?, ¿no tenemos también todos cada día oportunidades de ayudar a alguien que encontramos en su agujero de soledad o de enfermedad o de tristeza o de egoísmo o de soberbia o de rencor cíclico?

El Papa emérito Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas este dice que “el programa del cristiano, (…, el programa de Jesús) es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia.”

Así, sí podemos cambiar el mundo. ¿Qué esperamos?
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