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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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10 Marzo 2017 03:00:00
Los buenos políticos
La clase más odiada y vilipendiada es la política, principal responsable de la descomposición, empobrecimiento y ruina de México. Más que el muro de Trump y las deportaciones masivas –decisiones arbitrarias de un presidente fascista, ajenas a nosotros–, al país lo ha unido la corrupción y la impunidad. El enojo debe llevarlo a las urnas, este año y el próximo, para castigar a los rapaces. El endeudamiento del país y de los estados, el enriquecimiento y el cinismo de autoridades y funcionarios de todos los niveles, así como el exceso morboso de algunas “primeras damas” (el caso más visible ahora es el de Karime Macías, esposa del prófugo exgobernador de Veracruz, Javier Duarte) ha llegado a extremos inauditos.

Hablar bien de un político –vivo o muerto– resulta extravagante hoy en día, por la propensión a juzgar al conjunto por sus partes más representativas, aunque el argumento sea falaz. ¿Qué idea se puede tener de los políticos después del comportamiento y los daños causados por los Peña, los Fox, los Calderón, los Duarte, los Moreira, los Padrés, los Videgaray, los Herrera, los Borge, los Gamboa, los Beltrones, los Murat…? Sin embargo, la política también se ha ejercido con dignidad y decoro.

Entre junio de 2015 y el pasado 6 de marzo fallecieron cuatro figuras que, al margen de sus errores, nada comparables con las barbaridades de ahora, prestaron a México servicios de gran valía –algunos en momentos críticos, internos y externos– sin avergonzarlo, agraviarlo, enriquecerse ni permitir que otros lo hicieran en su nombre. Su conducta honró la política y le dio su justa dimensión, sin estridencias, por formación familiar, convicción personal y compromiso con su país. Hoy, en la mayoría de los casos, priman los intereses individuales y de facción.

Manuel Camacho Solís (1946-2015), Fernando Solana Morales (1931-2016), Gustavo Carvajal Moreno (1939-2017) y Jesús Silva Herzog Flores (1935-2017) fueron exaltados en textos periodísticos cuyos autores, de distinto signo, coinciden en su honestidad. Quizá los más polémicos hayan sido Camacho y Carvajal; el primero, por su papel en la sucesión de 1994, previa al asesinato de Luis Donaldo Colosio, ambos fueron víctimas de la perversidad de Carlos Salinas de Gortari; y el segundo, como presidente del PRI.

El exgobernador Eliseo Mendoza Berrueto pertenece a la generación de Solana, de quien fue subsecretario en Educación Pública, y de Silva Herzog, también amigo suyo. Un pequeño grupo de amigos cenamos con ellos hace varios años en Saltillo. A Silva lo entrevisté en Torreón cuando él era director del Infonavit y yo empezaba como reportero. Décadas después presencié en Guadalajara, donde se desarrollaba la Primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, uno de los mejores ejercicios de dialéctica, entre Silva Herzog, Porfirio Muñoz Ledo y Mendoza Berrueto. Los políticos de su estirpe, de los cuales necesita mucho el país, destacaron por su preparación, conocimiento de la historia, decencia, sencillez y buen humor. La actual generación en el poder, dominada por la codicia, es fatua, mendaz e hipócrita.

Silva Herzog contó en la cena que cierta noche un contratista del Infonavit lo visitó en su domicilio de la Ciudad de México para entregarle las llaves de un Vocho –hoy el más modesto de los funcionarios usa Suburban u otro vehículo de lujo–. Al regresar con su familia les contó lo sucedido y le pidió a su hija estrenar el auto. “¡Lo devuelves ahora mismo!”, le respondieron a coro. Nunca lo recibió. De haber sido Silva presidente, México hoy sería un mejor país y jamás habría habido casas blancas.
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