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Dalia Reyes
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04 Octubre 2018 04:00:00
Los calzones en la mano
Las invitaciones lo advertían claramente, se debía llegar a la fiesta con los calzones en la mano. Hará unos quince años cuando estas indicaciones eran las más comunes para llegar, como Dios mandaba, a una despedida de soltera.

El aviso encerraba una serie de mensajes ocultos, mujerísimos –con perdón de la Real- y oscuros por demás, de entrada, refería a presentar bien visible la tarjetita cuya forma iba de la tanga al bikini. Si la invitación tenía forma de ropa interior, una podía esperarse cualquier cosa durante el festejo.

Me costaba un trabajo bárbaro compartir con mis amigas casaderas este tipo de reuniones, pues solían ocupar esas dos horas en llevar la peladez hasta la ignominia y la exacerbación. (También había las despedidas espirituales, pero esas las organizaba después la mamá de la novia).

Apenas entraba una a la casa, porque no eran reuniones para rentar salón, y una furiosa jauría de mujeres desorbitadas se abalanzaba sobre las invitadas para colgarnos pequeñísimas figuras alusivas al próximo matrimonio, y no eran precisamente palotes de las tortillas.

Los juegos dirigidos por la organizadora, que solía ser la compañera de oficina con mayor edad o más matrimonios en su lista, coloreaban entre rojo y morado a las presentes, pues consistían en obligar a la prometida a tocar cosas buenas que parecían malas, responder adivinanzas con doble y triple sentido, escuchar chistes coloradotes y encontrar la mejor salida para no dar detalles personalísimos sobre su novio.

Las cosas han cambiado y se han ido a los extremos, porque hoy en día o es una noche loca o son reuniones con la familia y dentro de los términos legales. Se trata de reuniones aconsejadoras y con muchos juegos de lotería en los cuales, por cierto, nunca gano nada.

Por qué las casaderas ya no necesitan la exacerbación y la ignominia de una reunión non sancta antes de casarse podría deberse a la mucha información a la mano hoy en día, a la naturalidad con que vemos las cosas del sexo dentro del matrimonio y porque, a fin de cuentas, darle tanto vuelo a la imaginación encerraba más miedo que alegría y curiosidad.


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