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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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11 Abril 2018 04:00:00
Los celos, el verdadero infierno
Hay celos que producen un dolor tan intenso que obligan a perder la cordura y el control con tanta facilidad, que quien es poseído por ellos puede llegar a hacer cualquier tipo de daño al amor más grande de su vida.

Este es el caso de Mónica Muñiz, quien consiguió un bote de gasolina y unos cerillos y, armada con esos objetos, movida por el dolor del abandono, llegó por la noche al domicilio de Raúl Barrios, el hombre que ya no era su pareja, en la colonia Villas de San Lorenzo, donde dormía en compañía de su hijo.

Roció sobre el coche de Raúl su improvisada arma y le prendió fuego. No importaba que se perdiera el vehículo o todo el material valioso que tenía en su interior, herramientas de trabajo y equipos de la empresa para la cual trabaja el hombre.

El fuego consumió rápidamente auto y equipos, aunque Raúl intentó apagarlo lanzando cubetas de agua por la ventana mientras algunos de sus vecinos daban parte al 911. Nada se pudo hacer a pesar de que los bomberos llegaron pronto y fue declarado pérdida total.

También la policía Municipal se movilizó, aprehendiendo a Mónica con el bidón para gasolina aún en las manos. No quería que hubiera dudas de quien había perpetrado el acto.

Dos tipos de celos pueden experimentar los seres humanos: los normales y los patológicos. Los celos normales, controlables, que tienen que ver más con inseguridades propias de quien los experimenta que con traiciones del ser amado, son ocasionados por el temor a la pérdida de quien se ama y la sensación de que el afecto que se da no es suficiente para retener al objeto amado, lo que provoca una tristeza, una angustia dolorosa pero controlable, que incluso puede llegar al sacrificio personal (como lo dice Celso Piña: “Quiero que seas feliz… aunque no sea conmigo”).

Finalmente, los celos no patológicos evitan la pérdida del afecto, conservándolo y pueden superar con esfuerzo las sospechas y las dudas, permitiendo que la relación fluya o que finalice en buenos términos, sin la ruina interna del sujeto sufriente o la destrucción del objeto de amor. Son, pues, producto de la disminución de autoestima de quien se enamora
intensamente.

Pero Mónica tuvo un ataque de celos patológicos, que ocasionó un acto disruptivo agudo que la orilló a destruir una de las posesiones más preciadas del hombre que la había dejado: sus instrumentos de trabajo. Como ignoro los pormenores del acto disruptivo, puedo especular que se trató o bien de un trastorno delirante de conducta persecutoria, un trastorno celotípico propio del trastorno de personalidad paranoide o de algún otro trastorno obsesivo-compulsivo, como celos excesivos, (en donde sin otro trastorno mental, se muestra tensión por la posible infidelidad de la pareja y, en consecuencia, se presentan comportamientos o ideas repetitivos) o bien celos obsesivos (esa preocupación permanente, pero no delirante acerca de la infidelidad percibida).

Los celos patológicos causan malestar significativo y deterioran la vida cotidiana de quien lo padece en lo social, laboral, familiar y personal, es decir, en todas las áreas importantes del funcionamiento de la personalidad humana.

Una idea repetitiva, constante, de que la persona que se ama está traicionando y se burla siendo infiel puede ocasionar tal cantidad de angustia que se limita la racionalidad al extremo, perdiéndose la lógica de la realidad y pudiendo llegar al homicidio del objeto de amor o a la destrucción propia, al suicidio (Alberto Cortez lo canta magistralmente en “El Amor Desolado” cuando dice: “Y a la luz difusa / de la madrugada / me quité la vida / para no matarla”). Efectivamente, los celos patológicos son un precipitante frecuente en muchos de esos actos de
autodestrucción.

No me queda duda de que los celos patológicos son el verdadero infierno terrenal, porque causan más dolor y provocan más tragedias que muchas afecciones juntas. Dante los situaría en el segundo círculo del Infierno, donde se encuentran aquellos que han pecado de lujuria, esos que han dejado que sus apetitos sobrepasaran su razón siendo, para él, los primeros en ser castigados en el Infierno.

Los imagina condenados a ser eternamente azotados contra el suelo por vientos fortísimos, de la misma intensidad que su pasión en vida. Pero esos vientos, ese dolor y esa pasión son reales y no se sitúan en un mítico infierno, sino en este mundo que los martiriza y destruye.
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