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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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02 Agosto 2015 03:10:11
Los encuerados del árbol seco
No es que fuera un degenerado, pero El Fayo tenía la costumbre de ver gente encuerada en todos lados.

En las nubes… en las manchas de humedad…

en el cemento fresco recién colocado…

“Mira”, decía… “Allí está una vieja encuerada… ¿Ya la viste?… en la nube gorda… esa que se ve al ladito del cerro del abuelo”.

Y si uno batallaba, comenzaba a describir lo que sus ojos recibían, claro, por orden de la mente.

“Ira… ira… el nalgatorio está acá… ¿Ya lo viste?, son las dos bolas que salen por esa cosa que está larga, como su cabello…

¿ya captaste?”

Y más valía decirle que sí…

Porque de lo contrario insistía… iba por un cuaderno, un lápiz y dibujaba su visión con detalles.

Pero el lugar más fértil para producir visiones de encuerados y encueradas, era un árbol de chaca, seco por enmedio y altísimo, que no acababa de caerse.

El Checherengüe le había prendido lumbre y quedó hueco, pero nada de caerse…

Allí, en las formas que producía la corteza vidriosa, El Fayo encontraba encuerados y encueradas…

“¿Ya viste al que está miando?… ¡Íralo!… el chisguetito cae para este lado…”

O a veces los encontraba en situaciones más comprometidas…

y comprometedoras.

“No vayas a mirar… porque ora los encuerados amanecieron encimados”.

¿Encimaos?… el Chibirico abrió los ojotes, pelones…

Eso ya era palabra mayor… porque un encuerado era novedad al principio, pero la soledad desnuda dice poco a las febriles mentes costeñas…

En cambio, la desnudez acompañada era atractiva…

Así que fue corriendo a llamar a la pandilla de los Descamisados…

¡Ándenle!… que el Fayo encontró dibujos de encuerados encimaos en la chaca.

Y no se trataba de ver lo que él veía, sino pedirle que los dibujara para entenderlos…

Éramos no menos de ocho chavales frente al árbol, inclinando la cabeza… mirando desde arriba… por un lado…

tirados de panza…

“No, no Fayo… no se mira nada… trai el cuaderno pa´que lo dibujes”.

Y se fue por el cuaderno… las sonrisillas pícaras iluminaron los rostros… ¡Encuerados encimaos!

Vino el Fayo y comenzó a dibujar… Chibirico, más atrevido, ya estaba restregándose contra la corteza… “¡Ándale… dibújalos!”

El Fayo empezó a dibujar… un rostro… una cabellera…

“¡Las chiches… las chiches Fayo!”, gritó El Cuito…

desesperado… Es que la paciencia no era virtud entre nosotros…

Mala suerte… muy mala suerte…

Lo escuchó doña Meche, la mamá de Chibirico, quien sigilosa se acercó y encontró a su chamaco restregándose contra el árbol… a Farino buscándose canicas invisibles por la bolsa agujereada del pantalón… al Cuito con los ojos pelones…“

¡Jéitale… sátiros!”

Y se llevó a su retoño a pescozones… pero antes de eso, le avisó a la mamá de Farino… al papá del Chino… y a mi má linda.

En vano insistí en que nunca vi a los encuerados encimados…

En vano dije que era puro cuento, que Fayo estaba loquito…

Seis cintarazos sobre la nalga pelona…

Y luego, lo peor… a todos nos juntaron para encalar hasta donde se pudiera, el tronco de la chaca.

Durante un mes, remedio ranchero, nos levantábamos e íbamos con María la Puerquera para que nos untara la mano con chichicaxtle… esa planta extraña que provoca una comezón espantosa.

“A ver si con eso se les quita lo mañoso… ¡Sátiros!” El Fayo se volvió tímido y taciturno… nunca más volvió a mencionar visiones.

Ora, decía, veía virgencitas en las nubes y en los árboles.

¡Puras virgencitas!…

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