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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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14 Mayo 2017 04:00:00
Los mejores maestros…
“Madre solo hay una… ¡Y me toco a mí! ”. Atribuida a Armando Javier Guerra Guerra, “El Chino”. Promotor cultural coahuilense.

Algunos de mis lectores me han preguntado más de una vez si acaso tengo madre. ¡Mucha! Les contesto. Tanto que me alcanzó para dos. Y es que, como en este espacio casi nada o poco he hablado de ella, asumen que en efecto no la tengo. Y bueno, tomando en cuenta mi pésima conducta personal –que sin duda avergüenza a mi madre y avergonzaría a mi abuela–, así como mi vocación de perro de rancho en lo profesional; seguramente más de una vez he merecido el señalamiento de no tener madre, o mínimo de desmadrado, cuando no de ser francamente un verdadero desmadre.

Es cierto, en este espacio he hablado mucho de mi padre y de mi abuela, lo cual da pie aún más a la confusión. Y les cuento: tuve dos madres porque doña Catalina Gómez Salinas, la madre de mi madre, Dora Alicia Valero Gómez, quien desde que tengo uso de memoria vivió en casa de mis padres, y dado que ambos –mi madre y padre– se dedicaron a trabajar para darnos un mejor nivel de vida a los tres hijos que fuimos, mi abuela materna se dedicó a nuestra crianza. Y por ser yo el mayor fue precisamente a mí a quien más tiempo dedicó, y obviamente por eso terminé viéndola en forma auténtica como mi mamá. Ella murió al cumplir mis 18, y al darse su partida genuinamente yo perdí una madre. Por eso también hablo poco de doña Dora Alicia, pero no significa que no tenga anécdotas que contar de ella como las muchas que he contado aquí de mi abuela o de don Everardo. Por eso hoy he querido traerles una relacionada con mi madre, para que vean que sí tengo; y afortunadamente, todavía la conservo, la cual me fue narrada por ella misma hace ya unos cuantos años.

Estaba el que esto escribe en primero de kínder, en el Apolonio M. Avilés, cercano a la casa donde vivimos hasta mis 12 de edad. No sé por qué razón, quizá en el afán de enseñarnos demasiado, la maestra del curso empezó a explicar los reinos en que se dividía la naturaleza; y dentro del reino animal, los mamíferos. Una vez que lo hizo pidió a los alumnos dijéramos algún ejemplo de ellos: ¡la vaca!, gritó un compañero, (el más obvio, por supuesto), otro gritó “¡el perro!”; “¡el gato!” dijeron atrás del salón; y así hasta llegar mi turno. “El clavel”, dije yo, provocando así la risa de mis compañeros, cuando no el grito de alguno que me tachaba de burro y el consabido enojo de la maestra.

“No José, el clavel no sólo no es mamífero, sino ni siquiera es animal”. Y yo, necio que he sido desde niño, respondí nuevamente: “El clavel es mamífero, claro que es mamífero”. La maestra, al ver que mi terquedad estaba generando desorden en su clase se limitó simplemente a regañarme, y mandar un recado a mi mamá para verla al día siguiente durante el recreo.

Dora Alicia acudió puntual a la cita y cuando le narraron lo sucedido el día anterior, más que enojarse conmigo e increparme dijo: “Oiga maestra ¿Y ya le preguntó a mi niño el porqué le dio esa respuesta?”. La maestra contestó que no, que ella no tenía por qué ponerse a mi nivel, y entonces mi madre, empezando a enojarse le dijo: “Pues debería maestra. Yo también soy profesora ¡Y de educación especial! Y por más absurda que me resulte una respuesta dada por un alumno, siempre les pregunto el porqué de la misma dado que SIEMPRE hay una razón para ello, y eso me permite no sólo entender a mis pupilos, sino retroalimentarnos mutuamente: Pregúntele a José por qué dijo eso: que el clavel es un mamífero”.

A mi maestra no le quedó de otra y más a fuerza que con ganas me dijo: -A ver José, ¿por qué dices que el clavel es un mamífero?-. Mi madre dice que yo respondí con una certeza que asustaba: “porque ahí dice”, contesté señalando un portalápices. -¿Ahí dónde?- repitió mi maestra. “Ahí, donde están los colores. Ahí dice leche carnation clavel”. ¡Sí! En mi salón había un lapicero hecho de una lata de crema o leche “del clavel”; y yo en mi lógica muy elemental, concluí, diciéndole a la maestra, que el clavel era un mamífero porque “daba” leche. -¿Y tú cómo sabes que ahí dice leche carnation clavel?-. Repreguntó la maestra. “Pues porque dice”, volví a contestar; y agarrando la lata señalé las palabras y dije recorriendo éstas con mis dedos el lapicero “Leche carnation clavel”. Fue entonces que la maestra sorprendida dijo, volteando a ver a mi madre: -¿Lee el niño, señora?, para luego verme a mí y decir –¿Lees José?–. Contestando doña Dora Alicia, ya casi con ironía: “¿No se ha dado cuenta todavía que el niño lee maestra?” (casi por estas fechas, próximas a acabar el ciclo escolar). “Bueno, no me extraña que no lo sepa, si ni siquiera les pregunta el porqué de las respuestas que da”.

Y tomando la maestra un librito de esos que se usan para iniciar en la lectura con frases cortas y de letras similares lo puso en mis manos y me dijo: –Léelo–. Yo lo leí, completo y la maestra, del asombro pasó a la alegría diciendo: –¡Lees José, lees! ¿Cuándo aprendió a hacerlo?– preguntó a mi mamá. “En casa”, contestó ella. “También su padre es maestro y aprendió a leer solo, mediante asociación de ideas e imágenes, poco antes de iniciar este año escolar, cuando acababa de cumplir los cuatro de edad”. Fue entonces que la maestra no sólo me empezó a dar un trato privilegiado en términos de educación, es decir, me enseñó cosas que al resto de mis compañeros ni imaginar. Y así fue, como por leer y gracias a lo que mi madre en su doble calidad de maestra y mamá hizo, no sólo defenderme, sino hasta apoyarme; me libré también de la burla de mis compañeros –que ninguno leía en mi salón de primero de kínder– evité una buena regañiza, y salvé una llamada de atención de la directora del kínder.

Vaya esta anécdota no sólo para probar que tengo madre, sino además para agradecer a mi mamá que si bien su presencia en mi infancia no fue en cantidad como hubiera querido, entiendo que la misma generó mejores oportunidades para sus hijos, permitiendo que al criarme la abuela, tuviera una madre más. Para agradecer igualmente su apoyo en los momentos importantes de mi vida.
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