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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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31 Marzo 2018 04:00:00
‘Los mexicanos son unos bárbaros’
Católicos fanáticos, están expuestos a los más grandes sacrificios en “desagravio” de sus pecados. (Marquesa Calderón de la Barca.)

Tal es la visión de la visitante escocesa sobre las acciones de ciertos católicos durante la denominada Semana Mayor. Si viviera en el México actual esa cronista acuciosa, con el espíritu de observación y sentido periodístico con que escribió La Vida en México, y si se propusiera redactar la crónica exacta de cómo celebran hoy la Semana Santa los católicos mexicanos, tendría que trasladarse a Acapulco y otras zonas turísticas y utilizar vocablos como droga, licor, juerga, tangas, nalgas y sexo desaforado. Es la Semana Santa del católico mexicano.

Días Santos de 1841. Ocurrió, según lo narra la embajadora, que por medio de “influencias privadas muy poderosas”, con una amiga logró colarse en la iglesia de San Agustín. Disfrazada y por largos corredores se introdujeron al templo y desde la celosía pudieron observar escenas terroríficas. De sus apuntes:

Cosa de 150 hombres, envueltos en capas y sarapes, embozados los rostros, se habían congregado en medio de la nave. Un fraile acababa de subir al púlpito. La iglesia permanecía a oscuras, salvo el sitio ocupado por el religioso. Su sermón fue una descripción cruda, pero ardorosa y elocuente, de los tormentos que les aguardaba el infierno a los pecadores contumaces. Terminó la plática y se arrodillaron todos y unidos en fervorosa oración, dábanse golpes de pecho y tocaban con la frente el suelo. De pronto se dejó oír una terrible voz en las tinieblas: “Hermanos míos, ¡cuando a Cristo le ataron a la columna, los judíos lo azotaron!” Después de aquellas palabras se hizo de noche. Oímos al instante los golpes de centenares de disciplinas azotar las carnes desnudas. Me es imposible imaginar nada más horrendo. No habían pasado 10 minutos cuando a los golpes secos sucedieron otros más blandos, eran los que batían la sangre que ya brotaba.

En Italia, se producían penitencias semejantes, pero aquí, en donde todo se hace 4n el más absoluto secreto, creo que no puede llamarse a engaño, Parecerá increíble, pero esta inaudita penitencia siguió durante media hora, sin parar. Si unos a otros se dieran con las disciplinas, quizá su energía causara menos asombro.

Al cabo de media hora sonó una campanada, y se oyó la voz del fraile, exhortándolos a que los horribles ataques continuaran más fuertemente y más despiadados que antes. En vano les decía que no se mataran, y que era seguro que el cielo estaba ya satisfecho y que la naturaleza humana no podía resistir más allá de cierto límite; el recio zumbido de las disciplinas de hierro, muchas de ellas con agudas púas que penetraban en las carnes, fue la única respuesta. Por fin, como si estuvieran al cabo de sus fuerzas, el ruido de los golpes se fue apagando y poco a poco cesó del todo.

“Mi amiga y yo salimos despavoridas de nuestro escondite en la iglesia, antes de que fuera a encender la luz. Dicen que el piso de la iglesia se cubre con frecuencia de sangre después de una de estas penitencias, y que el otro día murió un hombre a causa de sus heridas”.

Célebre es la respuesta de la marquesa cuando ya en Europa le preguntaron qué estarían haciendo a esa hora los
mexicanos.

Echando cohetes, su contestación.

Mis valedores: abran ustedes la ventana y escuchen.

Allá la tanga, aquí los bombazos; es el catolicismo de algunos mexicanos. (Bah.)

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