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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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26 Septiembre 2017 04:00:00
Los millennials
“Pasamos toda la vida haciendo simulacros y ahora nos dimos cuenta de que sí pasa, que la Tierra sí se mueve, que el mundo sí puede caerse y que sí nos puede pasar a nosotros”. Esto me dijo Gaby, una brigadista que pertenece a la generación millennial, como los que suponíamos que no hacían nada y que ahora nos han dado una gran lección de vida.

Gaby estaba en su casa, frente a la computadora, cuando de pronto sintió un jalón, su primer impulso fue salir a la calle “los vecinos se abrazaban, rezaban, gritaban. Era evidente que este temblor era distinto”. Con el celular en la mano verificaba los edificios que se anunciaban como caídos en los diferentes puntos de la ciudad. El que más le impresionó fue el de los multifamiliares de Tlalpan en la colonia Educación. Era la 1:45 de la tarde del 19 de septiembre de 2017. A pesar del miedo y con un enorme valor regresó a su casa. Se bañó, se vistió con sus viejos jeans y sus tenis y salió a la calle.

Junto con otros millennials que tenían las mismas ganas de ayudar se encaminaron hacia los multifamiliares: “Cuando llegamos, el primer anuncio de la tragedia fue un hombre tirado en la banqueta, luego la hilera de personas transportando piedras y de pronto vimos el edificio colapsado, cinco pisos con 40 departamentos de los que sólo quedaba en pie la planta baja. Lo único reconocible en ese montón de escombros eran las cortinas. Nos unimos inmediatamente a las filas llenas de jóvenes de todos los tamaños y de todas las clases sociales, yo, que me veo como niña fresa, y al lado mío un chico que parecía un gigante. Los ciclistas y los motociclistas, más precavidos que los demás, se habían puesto sus cascos. Nadie tenía guantes, ni botas, nuestra máxima defensa era un cubrebocas. Escuchábamos atentos las órdenes de los rescatistas y aprendimos que levantar el puño significaba silencio y que el silencio significaba una vida. Yo creo que ninguno de nosotros sabíamos lo que estábamos haciendo, pero sabíamos que era importante hacerlo. A pesar de nunca haber cargado tantos kilos el peso no se sentía, mis brazos respondían a un reflejo impulsado por los otros cientos de manos que repetían el mismo gesto. No sentía cansancio, ni hambre, ni sed, sólo era molesto el picor de la tierra en los ojos. Resultaba muy extraño ver, al lado de ese montón de piedras, los edificios completos. ¿Cómo podía caber alguien entre ese montón de losas?

“Más o menos a las 6 de la tarde empezaron a pedir lámparas y ahí me di cuenta de que llevábamos horas trabajando solos: ¿cómo era posible que no hubiera una autoridad? ¿Dónde estaban los encargados? Aprovechamos la pausa para comer unas donas y tomar agua y compramos unas botellas para los demás, al volver, el panorama había cambiado completamente: había botellas de agua por todas partes, gente repartiendo sándwiches, niños con huacales repartiendo fruta y camiones recogiendo escombros.

“Lo que seguía faltando eran herramientas de rescate, recorrimos casa por casa pidiendo lámparas, pilas, palas, picos, pinzas para cortar varilla y todo lo que pudieran darnos.

“Cuando llegué a mi casa, no aguanté más las ganas de llorar, lloraba porque estaba viva y por los que no lo estaban, porque estaba sola, por las dos señoras que vi llegar y desplomarse frente a su edificio, lloraba porque este drama no estaba en televisión, porque me hubiera gustado poderle llamar a mi mamá. Quería meterme a bañar, pero para esa hora el valor de la tarde se había esfumado y sólo me quedaba el miedo, no sabía si dormirme vestida o ponerme la pijama, revisaba internet constantemente en busca de algo, ¿qué? No sabía, pero seguía buscando. Sobra decir que no dormí.

“En la mañana le dije a un amigo que había visto que Xochimilco estaba completamente abandonado. Cuando llegamos entendimos lo que significaba abandonado, había gente por todas partes cargando víveres de un lado para otro sin saber dónde dejarlos, cadenas humanas que vaciaban camiones para llenar otros, una desorganización total y ni una sola autoridad para controlarla; las ambulancias pasaban vacías, los policías ni sus luces, de los militares ni rastro, gente que controlaba gente que no sabía lo que controlaba. Nos fuimos de ahí tristes y abrumados, este día no habíamos logrado nada.

“Aprendí mucho, estoy orgullosa de mi generación, esos millennials que tomamos las calles y las ruinas con el valor que nos dio nuestro miedo”.
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